martes, 27 de octubre de 2020

Estuación

 



El tiempo es el peor descubrimiento del hombre, desde entonces no ha parado de sufrir.

Llegados a cierta edad soñamos con invertir el sentido de las agujas del reloj.

La ironía de la vida: años y años para construirla y tan solo un segundo para perderla.

Inevitables o necesarias, las crisis nos demuestran que vivimos en una montaña rusa.

Solo amamos lo que podemos perder.

El eco es la voz interior de la naturaleza. Ve y dilo en la montaña.

Un gesto basta para cambiar el mundo pero somos demasiado pequeños para comprenderlo.

Vivir para escribir o escribir para vivir, cada día se parecen más.



Gregorio Muelas Bermúdez


domingo, 25 de octubre de 2020

Dos poetes com nosaltres: Josep Micó y Abel Dávila

 



El ciclo "Dos poetes com nosaltres" reanuda su actividad con el recital 

de Josep Micó y Abel Dávila


El Ciclo de Poesía “Dos poetes com nosaltres” retomó su actividad el pasado martes día 20 de octubre -ocho meses después del recital anterior, que tuvo como invitado especial al gran poeta argentino Hugo Mujica- y lo hizo con dos poetas de excepción: Josep Micó Conejero (Antella, Valencia, 1949) y Abel Dávila Sabina (Cienfuegos, Cuba, 1973), dos autores con estilos diferentes pero complementarios.

El ciclo anual, que va por su quinta edición, y que coordina el poeta Ramon Guillem, volvió a su espacio habitual, el TAC, Teatre Auditori de Catarroja “Francisco Chirivella”. En esta ocasión el acto tuvo lugar en la Sala de Exposiciones, sita en la primera planta del edificio, con un aforo controlado y con las pertinentes medidas sanitarias: control de temperatura y distancia de dos metros entre butacas.

Ramon Guillem tomó el micrófono para agradecer su presencia a los asistentes y subrayar la importancia de la Cultura para superar la incertidumbre generada por la crisis sanitaria provocada por la covid-19. A continuación realizó una sucinta reseña biobibliográfica de los dos poetas invitados, ambos con una dilatada carrera literaria que abarca más de una década, en la que han merecido algunos de los más importantes galardones que se convocan en la Comunidad Valenciana, como el Vila de Mislata, que Josep Micó y Abel Dávila comparten, el primero lo obtuvo en 2017 con Creuar l’instant, y el segundo en 2018 con Redondear el óvulo; y el Premi Marc Granell Vila d’Almussafes, conseguido por el poeta cubano en 2015 por su obra Estos hues.o.s de aire.



El poeta de Antella fue el encargado de abrir el acto con la lectura de una amplia selección de poemas pertenecientes a su obra publicada en libros propios, antologías colectivas y revistas, desde su opera prima, El riu encara baixa net (Premi La rosa de paper, 2011), hasta su más reciente poemario, Vespres d’inventari, que le valió el Premi Josep Maria Ribelles de Puçol el año pasado. Josep Micó desplegó una poesía caracterizada por un lenguaje muy cuidado donde los recuerdos y la naturaleza ocupan un lugar privilegiado, y que le ha colocado en la primera línea de la poesía en lengua vernácula.



A continuación, Abel Dávila hizo lo propio, comenzó leyendo algunos poemas de su primer libro, La flor extraviada (2013), donde la isla antillana y la familia son los verdaderos protagonistas, y que supuso el punto de inflexión hacia un cambio de rumbo poético, dando lugar a un estilo muy personal, donde intimismo y vanguardismo se imbrican de manera sutil y acertada, y que le sirve para denunciar la hipocresía de una sociedad que prefiere dar la espalda a problemas como la inmigración. El poeta cubano también leyó algunos poemas en valenciano, demostrando su versatilidad, y culminó su intervención con una composición inédita.

La Regidora de Cultura, Dolors Gimero, clausuró el acto con unas palabras de ánimo y confianza, haciendo especial hincapié en el compromiso del municipio con la Cultura, y emplazó al público, en el que se encontraban escritores de Catarroja, como Berna Blanch y Albert Hernàndez i Xulvi, a la próxima sesión del ciclo, que tendrá lugar el 27 de octubre, con el poeta gallego Manuel Rivas como invitado especial.


Gregorio Muelas Bermúdez


lunes, 19 de octubre de 2020

Poemas zen de China y Japón

 


Poemas zen de China y Japón

Traducción de Miguel Romaguera y Mary Beth Hitt

Valencia, 2020


El poeta y traductor valenciano Miguel Romaguera (Picassent, 1955) nos trae esta sencilla autoedición en colaboración con la traductora Mary Beth Hitt, fruto de la relación literaria que ambos comenzaron a principios de los años ochenta. Como reza el título, el pequeño volumen, que se presenta con una hermosa acuarela de Susana Benet en la portada, reúne su trabajo conjunto sobre una selección de poemas chinos y japoneses de poetas budistas zen del período clásico.

El libro se abre con una introducción del propio Romaguera sobre el sentido del Zen, sus orígenes y su enorme influencia en la literatura de ambos países, al tiempo que nos orienta sobre algunos conceptos básicos de esta filosofía.

Ninguno de los dos autores firma en exclusiva la traducción de las veinticinco composiciones recogidas en esta breve antología. Cabe mencionar que este trabajo a cuatro manos parte de una versión al inglés de un volumen de igual intención y alcance, realizada por Lucien Strik, Takashi Ikemoto y Taigan Takayana para Anchor Books, Nueva York, en 1973.

Shoten, Getsudo, Dogen, Jakuan, Ikuzanchu, Godai Chitsu, Tokken, Sogyo, Sanso, Gyokko, Ryozan, Beirei, Unoku, Yuzan, Hokufu Seikatsu, Nansen, Shuzan y Unzan, y otros anónimos, son los autores vertidos a nuestra lengua con sencillez y elegancia, y el sabor de los poemas originales, así sucede en “Escuchando un laúd”, de Jakuan:


Melodía perfecta - como el viento

Entre los pinos de la lejana colina.

La mente limpia, como el cielo:

Escúchala más allá de sí misma.


Todos los poemas están impregnados del wu (chino) o satori (japonés) budista en el marco de una naturaleza sensorial cuya grandeza invita al hombre a un despertar de la conciencia, a alcanzar la unidad de los contrarios: “Animado, inanimado, son uno”.

Sean bienvenidos a nuestra lengua estos poemas donde Miguel Romaguera y Mary Beth Hitt vuelcan su sensibilidad pues en apenas cuatro versos nos invitan a meditar, que es el camino más corto a “la tierra de la luz serena”.



Gregorio Muelas Bermúdez


sábado, 17 de octubre de 2020

Abecedario imposible. Salomé Chulvi

 


Abecedario imposible

Salomé Chulvi

Olé Libros, 2020


La escritora de Catarroja Salomé Chulvi nos presenta un libro tan sorprendente como estimulante, su título, Abecedario imposible, describe a la perfección el impulso creador de las veintisiete composiciones, tantas como letras tiene el abecedario del español, que integran este volumen editado con primor por Olé Libros, grupo editorial que dirige desde Valencia Toni Alcolea, infatigable activista cultural que desde múltiples frentes espolea la creatividad y el compromiso con las artes escritas.

El libro se abre con un sucinto prólogo del poeta y presidente de la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (CLAVE) Juan Luis Bedins, que logra pincelar los trazos fundamentales de un libro “difícil de encasillar” y que destaca por su originalidad y singularidad. En efecto, la escritora nos enfrenta al reto de una lectura diferente, que se puede concebir tanto como prosa, por su forma, la sucesión ininterrumpida de palabras “con sentido”, un sentido, como veremos, que va más allá de la pura aliteración; o como verso, por su fondo, de donde es posible extraer un ritmo marcado por los signos de puntuación, que como un gong producen múltiples tonos acústicos, donde cada palabra se hilvana con la posterior y la precedente buscando, y hallando, un nuevo significado, y donde es posible discernir un orden armónico, lejos del fácil automatismo.

He aquí, pues, un libro redactado en tautogramas, es decir, textos cuyas palabras comienzan todas por la misma letra, un juego a priori complejo pero que demuestra el carácter inconformista de su autora y un ingenio poco común, tanto como para crear un género nuevo, híbrido, y sin embargo, autoconclusivo, por lo que tiene de irrepetible.

Entre los diversos temas que podemos rastrear a través de este ecléctico abecedario destaca la crítica social, así denuncia Salomé Chulvi la política cainita, la estratificación y la violencia doméstica: “Inés idolatraba idiotas, idealizándolos”, “jerarquizados jornaleros jíbaros”, “Mi marido me mata”.

Reproduzco dos fragmentos, de la R y la X, para ejemplarizar lo que he venido comentando:

Ramón rescataba recuerdos, rentablemente. Reactivaba registros: regresiones. Rejuvenecía regañinas remotas, recetas reconstituyentes, raigambres, relaciones rotas.

Xavier xilografiaba xilófonos. Xano xerografiaba xerófilos. Xavier-Xano: X. Xilófaga xenofobia.

El volumen, además, se presenta con un gran atractivo que lo convierten en un objeto hermoso, apetecible: su bello grafismo. Las ilustraciones de Kolo, de un expresionismo marcado por la preferencia de líneas rectas y el uso del blanco y el negro, con su infinita gama de grises, que el dibujante emplea en todas y cada una de las escenas que ilustra, una por cada letra de este abecedario imposible que un malabarista arlequín, trasunto de la autora, voltea en el aire con voluntad de equilibrio. Con la misma destreza y habilidad Salomé Chulvi nos mantiene en vilo durante todas las páginas de este libro único.


Gregorio Muelas Bermúdez


miércoles, 7 de octubre de 2020

Ocho sonetos fúnebres. Luis López Suárez




Ocho sonetos fúnebres

Luis López Suárez

Cuadernos "Heracles y nosotros", Gijón, 2020

 

Cuadernos “Heracles y nosotros” publica su n.º 30, Ocho sonetos fúnebres, del poeta ovetense Luis López Suárez. La célebre colección de poesía con sede en Gijón se ha ganado un justo prestigio gracias a sus dos denominadores comunes, la calidad y la elegancia. En cuanto al primero no hay más que ver su esmerado catálogo, con nombres como los de Jaime Priede, Jordi Doce, Miguel Floriano o Sandra Sánchez, por citar algunos con los que uno mantiene trato y tiene cierta afinidad. Por lo que toca al segundo, sus ediciones no venales en papel y cartulina verjurado, numeradas y firmadas por sus autores son una auténtica delicia, un auténtico dechado de sencillez.


La plaquette viene ilustrada por tres sugerentes infografías de Luis Rodríguez-Vigil, ubicadas al principio, mitad y final del escrito, que en contra del título del conjunto se compone de diez sonetos, pues a los ocho citados en la portada hay que sumar los que actúan como prólogo y epílogo.


El cuaderno se inaugura con una significativa cita del Cantar de los Cantares, que emparenta la fortaleza del amor con la de la Muerte, de este modo se nos introduce en la materia de los versos pues ambos serán los motivos principales de los sonetos aquí reunidos. Sonetos de factura impecable, de un excelso clasicismo que funciona como un preciso mecanismo de relojería, de este modo a la fría concepción de la forma, de acuerdo con el canon en cuanto a longitud de los versos, endecasílabos, rima, consonante, y ritmo, en sexta, “mármol lunar”, se añade el fondo pasional de sus cuartetos y tercetos, “luz solar”, y juntos amalgaman esa suerte de pugna entre el dolor por la pérdida y la esperanza del reencuentro, una pugna que el tiempo pergeña a nuestro paso, demasiado breve, por la vida.


Porque “la tierra es leve” y, en cambio, “el tiempo pesa”, Luis López Suárez firma estos cantos al amor ausente, ese que no puede recordar sin dolerse y al que no puede nombrar porque el silencio le vence, con la palabra viva, escrita, esa que alivia y que como memoria resiste, pues aunque al final “sueño y muerte son lo mismo”, no hay mejor manera de volver atrás “las albas, los ocasos” que compartir el dolor bellamente.

 

 Gregorio Muelas Bermúdez


 

 

 

 

 

domingo, 20 de septiembre de 2020

Corteza de abedul. Antonio Cabrera

 
 
 
 
Corteza de abedul
 Antonio Cabrera
 Tusquets Editores, Barcelona, 2016
 
 

El «manotazo duro» de la muerte ha querido que Corteza de abedul sea el testamento lírico de Antonio Cabrera (Medina Sidonia, Cádiz, 1958 – Valencia, 2019), un poemario que supone una indagación lúcida y serena en la dimensión metafísica de la naturaleza. Publicado en la prestigiosa colección “Nuevos textos sagrados” de Tusquets Editores y con una bellísima ilustración de cubierta de José Saborit, que recrea un tronco de abedul, realizada expresamente para esta edición por el artista valenciano para su amigo, este libro es, precisamente, un homenaje a la amistad, así muchos poemas están dedicados a personas que acompañaron al poeta en su itinerario, como Josep M. Rodríguez -antólogo de Cabrera en Montaña al sudoeste (Renacimiento, 2014)-, Rafa Correcher, Susana Benet, Lola Mascarell, Teresa Garbí, Andrés Navarro, Juan Vicente Piqueras, Fernando Delgado, sus hermanos de letras Carlos Marzal y Vicente Gallego, su mentor Francisco Brines o el desaparecido José Luis Parra, entre otros. Y es que Antonio Cabrera, gaditano de nacimiento y valenciano de respiración y de escenario vital, como a él mismo le gustaba decir, fue ante todo un gran hombre y es justamente esa dimensión humana la que impera en sus versos. Dos dimensiones que conviven en secreta armonía y que el poeta ha sabido expresar en equilibradas composiciones de ritmo imparisílabo.


Galardonado con el Premio de la Crítica Literaria Valenciana 2017, que concede CLAVE (Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios), el poemario se abre con dos citas altamente significativas, de Théophile Gautier y Rafael Cadenas, que ponen el acento en la existencia de aquello que nos rodea, el mundo exterior habitado por flores, pájaros y nubes, estos serán, precisamente, los motivos principales del libro, como en el poema inaugural que da título al conjunto, donde confronta «un poco de corteza de abedul» que «está muerta» con la mano viva que se le acerca, «lo contrario a mí».


Todo el poemario, que se organiza como un continuo armónico, como la naturaleza que recrea, sin división interna en partes que condicione la comprensión del lector, es un tributo a la flora y a la fauna que dan sentido a nuestra existencia, al alrededor que nos hace, he aquí, pues, una aguda reflexión sobre la necesidad de pararse a contemplar el mundo lejos del mundanal ruido y del ritmo de vida frenético de las grandes urbes. Solo así el sujeto que contempla logra insertarse en el entorno para meditar sobre el sentido de su existencia.


Una palmera solitaria, unas aves marinas, el sol otoñal de octubre, unos albaricoques en la loza blanca de un plato, cantos rodados, piedras y guijarros, «los brotes nuevos de las moreras», una sabina, el «ejemplar pulido» de una mantis religiosa, el rumor de la lluvia, los lirios amarillos, el muro de un bancal, un cielo nublado, el recuerdo de unas hojas de arce que «imperturbables difunden su razón», una plaza desierta, un merendero, un granado en flor, la visita al maestro Brines en la mítica Elca, «la casa escrita» y «la casa real», son los motivos hacedores del verso, en un ejercicio que desde el afuera se dirige hacia el adentro del poeta -«primero se ve el haz, luego el envés»-, que mira y piensa con la sobriedad y la precisión de un asceta.


Destaca el poema en cinco movimientos “Cota Alta”, en el Pico Salada, Abejuela, Teruel: “Panorama”, “Interludio: la collalba”, “Cumulonimbo”, “Interludio: el buitre” y “Flores diminutas”, una sinfonía para los sentidos, desde una «nube imparable» al «suelo firme». Otros paisajes completan su senda: el Alto Tajo, la playa de Bolonia, en Cádiz, y la Sierra de Espadán, en Castellón, lugares donde los pasos dejaron huella en su memoria.


En conclusión, en Corteza de abedul Antonio Cabrera mira de cerca a las cosas pero con el respeto que éstas merecen, así, testigo, «ser inaccesible», celebra un mundo al que pertenece pero que sabe que no le pertenece, con esa humildad logra el poeta ahondar en él, sentirse parte diminuta de algo más grande, donde colores, aromas, sonidos y texturas envuelven una conciencia que piensa, he aquí una filosofía que emana de «la evidencia» y que «cede ante la arbórea eternidad».

 

 Gregorio Muelas Bermúdez

 

Reseña publicada en el Número 16 de PARAÍSO Revista de poesía.

 

 

 

 

 

 


domingo, 2 de agosto de 2020

Blas Muñoz Pizarro: Del olvido a la luz

 
 


Artículo publicado en Dossier de poesía española
Núm. 2 de EXÉGESIS (Otoño 2018 - Primavera 2019).
Revista de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.
 
 

Blas Muñoz Pizarro:
Del olvido a la luz



Por Gregorio Muelas Bermúdez



Blas Muñoz Pizarro (Valencia, 1943) es uno de los poetas más destacados y laureados de las letras españolas, numerosos premios jalonan su obra, que se inició en 1971 con una primera etapa de creación, que abarca hasta 1981 con la publicación de Naufragio de Narciso, luego permanece en silencio durante cinco lustros, un largo período dedicado a la reflexión e introspección, hasta que en 2007 finaliza La mirada de Jano, que mereció el prestigioso Premio de Poesía “Paco Mollá” 2008, y que le devuelve a la primera plana. Desde entonces no ha dejado de cosechar galardones, algunos tan importantes como el Premio Miguel Labordeta 2010 del Gobierno de Aragón por La herida de los días, que además obtuvo en 2012 el Premio de la Crítica Literaria Valenciana, que concede la Asociación Valenciana de Escritores y Críticos Literarios (C.L.A.V.E.); el Premio “Ernestina de Champourcín” 2010 concedido por la Diputación Foral de Álava por Viva ausencia; el Premio del XXVIII Certamen Poético “Ángel Martínez Baigorri” 2011, convocado por el Exmo. Ayuntamiento de Lodosa (Navarra), por La mano pensativa; y el Premio “Flor de Jara” de Poesía 2012 otorgado por la Institución Cultural “El Brocense” de la Diputación Provincial de Cáceres por En la desposesión, que supone un punto de inflexión en la obra del autor, que con este libro inicia un ejercicio metalingüístico donde explora nuevos cauces de expresión.

Nos hallamos, pues, frente a una obra influyente y extensa, caracterizada por un gran rigor técnico y estético y un estilo muy depurado, que alcanza su cenit en 2015 con la edición de De la luz al olvido. Antología personal (1960-2013), publicada por Ediciones Vitruvio. Un elegante volumen de 250 páginas, con un extenso y documentado prólogo de Sergio Arlandis, donde el poeta valenciano reúne lo más granado de su obra poética, desde los inéditos rescatados de sus primeros poemas, escritos entre 1960 y 1965, hasta una amplia muestra de su más reciente trabajo inédito, El paso de la luz.


La herida de los días

Blas Muñoz Pizarro demuestra un impecable dominio del endecasílabo en este conjunto de veintinueve sonetos blancos, sin rima consonante, donde alcanza altas cotas de percepción de la realidad poemática. El bellísimo título sintetiza la loable aspiración del autor de plasmar cómo el ineluctable paso del tiempo, siempre en fuga, acrecienta la herida por dónde el olvido se apropia de la memoria necesaria.

El libro se inaugura con un “Pórtico” a modo de prefacio, que nos habla de la inveterada condición del héroe, ser abocado a avanzar en silencio bajo la mirada admonitoria de aquellos que le amaron, testigos mudos del sacrificio que se le exige y que no admite el fracaso. El poemario se clausura con un poema, “Mi óbolo”, como dádiva que el hombre entrega en agradecimiento por su paso, breve, por la vida.

Estructurado en forma de diario, Blas Muñoz Pizarro nos conduce de la mano a través de un inquietante viaje iniciático por un mundo constantemente amenazado por la nada. La luz que recién nacida ya vislumbra su postrer apagamiento, el dolor que agrieta el alma con la irrevocable ausencia de seres que aún transitan por la memoria, la ceniza como residuo fúnebre de aquello que antes rebosaba de vida, pero también celebración de ésta última, por tanto himno tamizado de elegía. Nos hallamos, pues, ante una poesía de corte metafísico que trata de hallar certezas desbrozando el todo de la nada.

Elegancia e inteligencia definen el estilo de un poeta capaz de describir el mundo de un modo auténtico y personal. Solo la experiencia del poeta es capaz de rescatar pasajes acerados en la memoria. El tiempo hiere y marca cicatrices en el alma sensible del poeta, que revive ciertos momentos al contactar de nuevo con aquellos lugares donde el recuerdo se ha obstinado en permanecer más allá de la conciencia y que como la magdalena proustiana, solo espera la circunstancia idónea para manifestarse, así en “Día de Reyes” una fecha le devuelve un episodio de infancia enmarcado tras una ventana, como un cuadro de nostalgia; o en “1950 (por ejemplo)” donde la mirada del poeta arroja luz sobre las sombras que habitan en la antigua casa familiar.

La creación poética también ocupa un lugar importante en composiciones tan memorables como “Otro fulgor”, “Poética (o no)”, “Razón de ser”, “Este oficio de penumbras”, o el emotivo “Un libro dedicado (1974)”, que evoca la figura y el magisterio del gran poeta alicantino Juan Gil-Albert.

En definitiva, “esta suma de restos, o de restas” que es la poesía de Blas Muñoz Pizarro es capaz, merced a la sabiduría y el instrumento de la bella palabra, de avivar las cenizas, de recomponer un mundo interior erosionado por el paso implacable de los días.


En la desposesión

En En la desposesión, Blas Muñoz Pizarro prescinde de las estructuras clásicas que venía cultivando en anteriores trabajos para ahondar en una forma novedosa donde cada palabra adquiere un peso específico, ocupando un espacio en el poema que resulta esencial para su significado. El lenguaje también se ve sometido a un ejercicio de despojamiento de toda retórica en el afán del poeta por encontrar la palabra exacta, aquella que albergue el máximo sentido, para ello Blas Muñoz recurre en ocasiones a cultismos y arcaísmos de una belleza contundente: alcuza, decalógico, nidal, turbión, esquinza, hialino, parusía, celajes, barda, sólita, coadjutor, nadir...

El poemario se abre con una emotiva dedicatoria al amigo desaparecido José Luis Parra, “que creyó en este libro”, y le sigue una significativa cita de José Ángel Valente, con quien comparte cierta voluntad de fondo y cuya influencia se deja sentir a lo largo de todo el poemario (“cuando ardían / las palabras de la tribu / alrededor de nuestras frentes”), que nos invita a trasminar la estrecha linde donde la luz y la oscuridad se imbrican tersamente. Los versos de Blas Muñoz se forjan en el yunque de la palabra contenida, un ejercicio que obra a favor de un sentir profundo que se reparte en cuarenta y tres cantos de ritmo imparisílabo, divididos en tres grandes secciones sin más título que su correspondiente número cardinal, una estructura que tiene mucho que ver con el sentido global del libro, que tiende a una suerte de minimalismo que lo aproxima a la denominada “poesía del silencio”. Un exigente trabajo de condensación que, sin embargo, consigue soslayar el hermetismo característico de este tipo de poesía por la capacidad de Blas Muñoz para generar imágenes de gran plasticidad.

En el límite herido de la luz
empieza el canto.

Así comienza un poemario que reflexiona sobre temas que tocan a la condición del hombre en cuanto a ser sensible que se cuestiona su sentido, su estar en el mundo. Son frecuentes los vocablos que denotan un interés metafísico y que gracias a un ritmo deslumbrante le permiten alcanzar una cima lírica. Las citas de Luis Rosales y Carlos Marzal, que introducen la segunda y tercera parte respectivamente, ahondan en el sentido de un poemario tan coherente como heterogéneo donde Blas Muñoz templa su pluma sobre tres grandes temas: la desposesión del lenguaje, “los signos / de la desolación / de la mano que escribe”; la desposesión de la vida, “entre sueños y olvidos”; y la desposesión del ser, “la ceguera implacable / que en su luz nos oculta”. Blas Muñoz ordena su discurso del lenguaje a la nada, del tiempo de la escritura al “tiempo endurecido” del silencio, un mensaje que cierra a modo de tesis:

Y en la desposesión
dueño soy
de una ausencia.

En conclusión, nos encontramos con un poemario en el que Blas Muñoz Pizarro revisa su estilo en aras de conseguir, si cabe, una mayor densidad expresiva. He aquí un libro con un alto poder sugeridor que por su alcance y hondura merece figurar entre las grandes obras del decenio.