miércoles, 20 de septiembre de 2017

Taller de Poesía con Vicente Gallego

 
 


Noticia publicada en Todo Literatura:
 
 
 
El domingo día 8 de octubre de 2017 tendrá lugar un nuevo Taller de Poesía con Vicente Gallego (Valencia, 1963), organizado por la asociación cultural Concilyarte, presidida por Mila Villanueva. Dicho taller se llevará a cabo en un lugar emblemático, espacio de serenidad, reflexión y recogimiento, el Monasterio franciscano de Santo Espíritu (Sancti Spiritu) del Monte, sito en Gilet (Valencia).

El monasterio del siglo XVII (la iglesia actual), aunque fundado por María de Luna, esposa de Martín I el Humano (1356-1410), a raíz de la pacificación de Sicilia, cuenta con una dilatada historia y además ya ha sido escenario de diversos talleres y encuentros de poesía, como el reciente II Encuentro Internacional de Poetas Ártemis, que tuvo lugar del 26 al 28 de mayo del presente año.

En esta ocasión, el autor de Saber de grillos (2015) y Ser el canto (2016), por citar sus últimos y premiados poemarios, Premio Emilio Alarcos y Generación del 27, respectivamente, ambos publicados por Visor, orientará el Taller, en primer lugar, a repasar los fundamentos teóricos del oficio, centrándose especialmente en los peligros que acechan la escritura poética. En segundo lugar, dedicará un apartado a descubrir a nuevos poetas, que a pesar de no ser demasiado conocidos han sido autores de excelentes textos. Por último, se centrará, sobre todo, en la puesta en común de los poemas escritos por los asistentes, creando un clima de confianza y diálogo propicio a la creación.

El horario del Taller abarcará de 10 a 19 horas, y el precio establecido para la matrícula es de 50€. Para más información, pueden solicitarla a través del número de teléfono que aparece en el cartel anunciador.

 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



sábado, 16 de septiembre de 2017

La esperanza es una cosa con alas. Emily Dickinson

 
 


La esperanza es una cosa con alas
Emily Dickinson
Edición de Hilario Barrero
Ravenswood Books Editorial, 2017
 
 
Ravenswood Books Editorial publica el n.º 2 de su colección “La isla primavera” -de ensayo, antologías y otras literaturas-, una selección de poemas breves de Emily Dickinson (1830-1886) con el bellísimo título La esperanza es una cosa con alas, una exquisita edición de Hilario Barrero (Toledo, 1946), que además de la traducción, es autor de las ilustraciones y el prólogo, que “como un tapiz colgado en la mansión del silencio” nos invita a adentrarnos en el país de esta misteriosa poeta norteamericana.

Antes de entrar en materia es preciso detenerse en el excelente trabajo que viene desarrollando esta pequeña editorial, que desde Almería y de la mano de Antonio Cruz Romero pretende editar sin imperativos ni obligaciones pero con gran ilusión a autores tal vez menos conocidos y otros foráneos, además de sostener el magazine homónimo, que ya ha alcanzado su n.º 10. Vaya por delante mi enhorabuena por su decidida apuesta por la calidad y el diseño.

Y qué decir de la edición que nos ocupa, pues que se trata de una auténtica belleza donde nuestro poeta en Nueva York, Hilario Barrero, ha vertido al castellano, con ajustada precisión y enorme delicadeza, los versos de la poeta de Amherst (Massachusetts), amén de acompañar los textos con quince dibujos de cosecha propia a lápiz y en blanco y negro, además de la sugestiva ilustración en color de cubierta, con su inconfundible estilo.

Una antología bilingüe que reúne cincuenta y cinco composiciones, ordenadas cronológicamente, tan breves como la vida de la poeta, que “murió en mayo a los 55 años”. Prisionera de sí misma su vida fue una cárcel y, sin embargo, tras su lectura nos queda una esperanza alada, como ese júbilo que inicia el libro, fruto del soñado viaje al mar “de un alma de tierra adentro”. Incluso cuando “el tiempo demasiado feliz se evapora” la angustia no tiene “demasiado peso para volar”.

No dejen de leer a una poeta tan clásica como actual en esta original propuesta, una antología de autor donde Hilario Barrero establece un fructífero diálogo emocional que se inició en “noviembre de 1979” y que “nunca cesa de cantar”.

 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



martes, 12 de septiembre de 2017

Calles/ Carrers. André Cruchaga

 
 
 
 
Calles/ Carrers
André Cruchaga
Traducción al catalán Pere Bessó
Imprenta y Offset Ricaldone, El Salvador, 2017
 
 
 
PRÓLOGO

OFICIO PARA SONÁMBULOS



Corta la vida o larga, todo
lo que vivimos se reduce
a un gris residuo en la memoria.

Ida Vitale



La poesía de André Cruchaga es un apasionante viaje iniciático por las calles más intrincadas y oscuras del alma humana, unas calles humedecidas por el relente de la melancolía, porque el paisaje de fondo que se vislumbra en sus poemas no es más, ni menos, que un reflejo bruñido de nuestro interior más torturado. Un fondo, por otro lado, plagado de contrastes, al que el poeta salvadoreño ha sabido aplicar la forma idónea, el poema en prosa.

André Cruchaga hace poesía del conocido aserto de José Saramago, según el cual el Nobel portugués decía escribir para desasosegar, es decir, para incomodar la sensibilidad del lector con la intención de poner en crisis el sustrato de su conciencia. Para ello, el autor recurre a un lenguaje incisivo a la par que efectista para provocar ese despabilamiento capaz de abstraer al individuo del confortmismo más inocuo y vacío. Porque la vida duele y somos herida abierta, André Cruchaga indaga en sus extremos con el poder que le otorga la palabra encendida.

A priori no resulta sencilla la lectura de los versos de Cruchaga, que es capaz de llevar el lenguaje al más alto nivel de inventiva, llegando a asumir los presupuestos surrealistas. Así las metáforas, tan deslumbrantes como crípticas, se suceden e hilvanan de un modo muy singular. Sin duda, André Cruchaga exhibe un estilo propio, sin parangón en el ámbito latinoamericano actual, que gracias a su innegable calidad estética, forjada en el yunque del culteranismo más ecléctico y vanguardista, con más espacios de sombra que de luz, y merced al ritmo subterráneo de su escritura, ha conseguido trasponer fronteras, tanto físicas como idiomáticas, así sus libros han visto la luz en Estados Unidos, México y Cuba, y sus versos se han vertido a diversas lenguas, como el francés, el inglés, por Grace B. Castro H., el euskera, el catalán, de la mano de Pere Bessó, y el rumano, gracias, entre otros, a Elisabeta Botan y Andrei Langa. Un cosmopolitismo que dice mucho del eco y alcance de su obra.

Y es que a André Cruchaga ninguna palabra le es ajena, ninguna se resiste a formar parte de su discurso, un discurso, por otro lado, que fluye torrencial y cadencioso, como expresión cifrada de un pensamiento crítico. De ahí que su léxico sea asombrosamente amplio, con un uso eficaz de la sinestesia, el clímax y otras figuras retóricas, dispuestas al servicio del ideario poético de su autor, siempre fiel a su estética, de la que se desprende una reflexión sobre el sufrimiento y la angustia. Podríamos tachar a su poesía de existencialista y sería insuficiente para definir una propuesta que en verdad supera cualquier etiqueta, todas parecen exiguas para abarcar los múltiples matices de unos poemas de esencia onírica.

Una extensa cita de Joan Brossa, referente del poeta, a modo de proemio (conviene nombrar a otros autores, como Efraín Huerta, Vicente Huidobro, Ida Vitale o José Martí, o los franceses Jacques Prévert, Louis Aragon o Paul Éluard, a los que el poeta cita entre sus páginas y que permiten reconocer algunas de sus influencias) abre paso al “Litoral” de versos que transitan por las calles de un libro complejo, metafísico, que es un dechado de significantes y significados. Si antes se hacía alusión al culteranismo, ahora se podría hablar de un conceptismo barnizado por el influjo de la vanguardia. André Cruchaga bebe de muchas aguas para calmar su ansia, pero es su enorme capacidad dialéctica y la plasticidad de las imágenes que crea las principales características de un estilo tan elocuente como preciso.

Los ochenta y tres poemas que integran este libro se erigen en otras tantas maneras de interpretar el mundo, el mundo propio del poeta, que, con su decir particular, único, enuncia la estrecha relación o permanente vínculo que hace de las cosas un flujo continuo. No es de extrañar que estos poemas no se agoten en una sola lectura pues exigen del lector una atención metódica, solo así, tras sucesivas lecturas, podrá advertir los numerosos senderos que se bifurcan, la multiplicidad de matices y aristas, el tono de denuncia que vierte en su poesía.

Nos hallamos ante poemas que se estratifican en diversas voces, expresadas en letra normal y en cursiva y habitualmente marcadas por paréntesis, guiones o corchetes. Ciertamente no existe mejor forma de enunciar este vehemente discurso contra la intolerancia. Pero si algo caracteriza el estilo de Cruchaga es el particular tratamiento que hace de los temas que le preocupan: la muerte, porque el poeta sabe “de antemano que toda la carne va a dar a la tierra”, como “tardío colofón de epitafios”; la angustia, o el miedo. Cualquier poema, extraído al azar, es un paradigma, tal es la inquietud del poeta por descifrar la verdadera raíz del sufrimiento.

Otro de los grandes logros de la poesía de André Cruchaga es su capacidad para hacer concreto lo abstracto a través de la creación de imágenes de un gran poder sugeridor y una asombrosa fisicidad, cuya interpretación coadyuva a contrarrestar los efectos deshumanizadores del gran capital. Sin duda, nos hallamos ante una poesía que no pretende dejar indiferente a nadie, pues el oficio del poeta debe ser alertar al lector u oyente sobre las presumibles consecuencias de un mundo que navega a la deriva y que amenaza con arrastrar al hombre en su vorágine, pues éste, libre de su albedrío, se devana en trivialidades propias de un incipiente estado de sonambulismo.


Gregorio Muelas Bermúdez
Catarroja, Valencia, abril de 2017


sábado, 26 de agosto de 2017

Quimera. Revista de Literatura Nº 402

 
 


Quimera. Revista de Literatura Nº 402
VV. AA.
Ediciones de Intervención Cultural, Barcelona, 2017
 
 
Quimera. Revista de Literatura dedica su n.º 402, Mayo 2017, a Mario Levrero (Jorge Mario Varlotta Levrero) (1940-2004) y nos ofrece un Dossier especial de treinta y cinco páginas sobre el escritor uruguayo, organizado por Mateo de Paz, donde intervienen autores de la talla de Elvio E. Gandolfo, Ignacio Echeverría, Rebeca García Nieto, Antonio Muñoz Molina, David Pérez Vega, Juan Gracia Armendáriz y Rubén Martín Giráldez, donde se entrelazan recuerdos e impresiones sobre el autor de La novela luminosa, además se publica una selección de textos del montevideano pertenecientes a su colección de artículos periodísticos Irrupciones (Criatura Editora, 2013).

Pero este número nos ofrece mucho más en sus habituales secciones, así en “El salón de los espejos”, Fernando Clemot entrevista a Iván Repila con motivo de su debut en Seix Barral con una obra de riesgo, Prólogo para una guerra. En “Los pescadores de perlas” Kike Parra publica tres microrrelatos inéditos: “La habitación de intrusos”, “Preparativos” y “Un viaje a la Toscana”; y en “El castillo de Barba Azul” Marta Agudo Ramírez nos adelanta cuatro poemas en prosa de Historial Cuerpo, de reciente aparición.

En la voz humana” Ana Gorría realiza una completa entrevista a Antonio Álamo, uno de los más firmes valores del teatro de nuestro país, con obras como La oreja izquierda de Van Gogh, Los borrachos o La copla negra. En “El holandés errante” Álex Chico relata la segunda (y última) jornada de “Un peregrino vuelve a casa”, su viaje por los alrededores del palacio y el monasterio de Yuste, siguiendo los pasos de Pedro Antonio de Alarcón. Con magníficas imágenes de Salvador Retana, se detiene en esta ocasión en el célebre cementerio alemán, en la historia literaria del camposanto militar que aloja a “soldados que perdieron su vida en España durante dos guerras mundiales”, desde Álvaro Valverde a José Carlos Llop, pasando por Santos Domínguez Ramos y José María Muñoz Quirós, entre otros, hasta recalar en Cuacos, de la mano de la obra de Ciro Bayo.

Y llegamos a “El ambigú”, la sección de reseñas, donde podemos leer siete visiones críticas de: Luz en las grietas de Ricardo Martínez Llorca, por Teresa Rivas; Del infierno de José Abad, por Alfonso Salazar; Pequeños tratados de Pascal Quignard, por Ricardo Martínez Llorca; Acordes de una antigua canción de José Agudo, por José Antonio Arcediano; Mediodía de Víktor Gómez, por Pilar Fraile; Otro cielo de Santiago de Navascués, por Gonzalo Gragera; y Perros ladrando en la nieve de Kenneth Koch, por José Ángel Cilleruelo.

Cierra ocho interesantes “Recomendaciones” del equipo de Redacción. Enhorabuena por su entrega mensual a la mejor literatura.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



lunes, 14 de agosto de 2017

Sonanta de siervo. Antonio Berlanga Pino

 
 


Sonanta de siervo. Gacelas, casidas y otros poemas
Antonio Berlanga Pino
Editorial Seleer, 2016
 
 
PRÓLOGO CON LÁGRIMAS DE ESTRELLA

Sonanta de siervo es el particular homenaje de Antonio Berlanga Pino a la poesía hispano-árabe, como reza el subtítulo, el presente volumen acoge “gacelas, casidas y otros poemas”, formas con una larga tradición en las letras castellanas y que en el siglo XX alcanzan su mayoría de edad con obras tan conocidas como Diván del Tamarit de Federico García Lorca, y Casida de la alta madrugada de Félix Grande, pero estos géneros también han cruzado el Charco y se puede rastrear su influencia en autores como el mexicano Jaime Sabines o el argentino Ricardo Molinari.
Un amplio eco del que no es ajeno el poeta malagueño Antonio Berlanga Pino, cuya obra se caracteriza por el cultivo de las más diversas formas tradicionales, como el romance en su anterior poemario, Romancero andaluz. Pero si algo caracteriza su poesía es un decidido afán de renovación en los temas, Antonio Berlanga es un poeta actual, que emplea con maestría las formas clásicas para decir con acierto cosas de nuestro tiempo y lo hace con la elegancia y el ritmo que dichas formas le prestan en un ejercicio de erudición realmente admirable.
Al son de la sonanta a la que alude el título, Antonio Berlanga acorda los versos con la sabiduría popular que le ofrece su tierra andaluza. Este poemario trasciende su intención inicial de tributo para erigirse en una aportación personal a dichas formas, respetando su esencia pero renovando su fondo, así sobre el sustrato de los versos yace un original sentimiento de nostalgia ligado a una historia amorosa o de desamparo, con tintes amargos.
El poeta de Álora tiene la virtud de introducir nuevos temas al acervo cultural de estas formas milenarias, temas sociales donde deja entrever su actitud crítica hacia una realidad presente que no le deja indiferente, en este sentido es paradigmática la “Gacela del niño sirio yaciente en la orilla”, que se (pre)ocupa de un triste y dramático episodio acontecido en una playa turca.
El libro se estructura en tres apartados, el primero se ocupa de la “gacela” (en árabe “ghazel”) y en él podemos encontrar catorce composiciones donde el amor y su ausencia marcan el ritmo de unas composiciones hilvanadas con pasión contenida, así resulta paradigmática la “Gacela del amor imposible”, citemos unos versos donde se aprecia el estilo del autor, que aúna elegancia y precisión:
Como quién tiene un reloj de sombra
y en el corazón grandes remos y olas.

Las flores de mi herida se deshacen
en verdaderas hojas otoñales.

El segundo apartado se compone de veintitrés casidas, donde Antonio Berlanga Pino asume un loable reto al recuperar esta forma tradicional de la poesía árabe (qaṣīda), imbuida de un sentimiento de nostalgia ligada a una temática de raíz amorosa. Belleza y sensibilidad se dan la mano en estas composiciones tan ricas y variadas, donde de nuevo podemos hallar una voluntad de renovación en los temas, así la “Casida del grito colectivo” pone el acento en el sufrimiento de los otros, he aquí unos versos que ilustran de manera magistral ese llanto sobre la tierra:

No quiero oír la Alhambra de la pena
con los niños deshechos que no sueñan.

Pero el grito es un toro que se eleva
desde el mar a los últimos planetas.

La poesía de Antonio Berlanga Pino es de una plasticidad asombrosa, sus versos muestran una imaginería visual que desde un contexto eminentemente andaluz, con referencias a motivos de su tierra, como la guitarra, entronca con lo universal para hacerse memoria, una memoria donde el dolor, la amargura, la desolación, la melancolía, la tristeza, y en definitiva la pena, y su manifestación física en lágrimas, es el asunto recurrente que unifica los poemas. Antonio Berlanga nos cuenta diversas historias de trágicas consecuencias respetando la idiosincrasia con una sabiduría popular llena de ingenio y gracia.

Cierra el volumen la sección “Otros poemas”, que alberga veintiuna canciones, y “Cuatro nombres: Elísabet, Gabriela, Elena, Soledad”, donde el poeta dedica una canción a cada nombre propio de mujer, que simboliza una idea concreta.

La riqueza verbal y el ritmo, de una vivacidad deslumbrante, unido a un desbordante colorido, donde predominan los tonos verde, naranja y negro, son las señas de identidad de un poeta que a pesar de emplear determinadas formas cargadas de clasicismo, tiene la virtud de renovar cada género, es por ello que resulta realmente atípico en el actual panorama lírico, trazando así una senda tan honda como singular, que entronca con un pasado amarillo oro.


Gregorio Muelas Bermúdez

 



martes, 8 de agosto de 2017

Mantras para bailar. Álvaro Hernando

 
 


Mantras para bailar
Álvaro Hernando
Pandora Lobo Estepario, Chicago, 2016
 
 
Álvaro Hernando (1971), madrileño afincado en Woodstock, Illinois, donde ejerce la docencia desde 2013, publica su primer poemario, Mantras para bailar, editado por Pandora Lobo Estepario Press de Miguel López Lemus, que desde su sede en Chicago mantiene una voz independiente que contribuye a la promoción de autores latinoamericanos en el Midwest estadounidense.

Lo primero que llama la atención es lo original del título, que toma la idea de mantra -palabra sánscrita que se refiere a sonidos que, según algunas creencias, poseen algún poder espiritual- que aplicada al lenguaje poético puede ayudar a meditar tanto sobre cuestiones cotidianas como sobre los grandes temas universales, como el amor y la muerte, pero también la esperanza que se tiende entre ambas. Completan el epígrafe las dos citas iniciales, de Isadora Duncan y Ruth St. Denis, sobre el baile como acción mística y cíclica.

El poemario se abre con un prólogo firmado por Manuel de la Fuente Vidal, que bajo el significativo título “Bailar la libertad” presenta el texto y a su autor desde la amistad y el agradecimiento, con humor y sinceridad mediante citas cinéfilas y notas rockanroleras.

Bailamos como cantamos” escribe Manuel de la Fuente y tal vez sea ésta la tesis de un libro compuesto mayoritariamente por poemas de juventud donde la danza y la poesía dialogan en armonía porque la lírica no es más, ni menos, que arte en movimiento.

Álvaro Hernando nos invita a bailar contra el dolor, “contra la salvedad/ y la excepción” porque cada paso es un poema “que sólo puede ser leído/ con los ojos cerrados”.

Veintinueve poemas, sin división en partes, componen este libro donde el autor emplea muy diversas formas, así entre las breves composiciones “Poema de ida” y “VI”, salida y llegada, principio y final de un camino “entre pasos y personas”, podemos hallar el poema en prosa “Vademécum del alma”, y el poema-río “Pacto”, pero también los vanguardistas “Decir”, donde afirma que “es sencillamente lo que queda después de exhalar tiempo”, “Acertijo”, donde se plantea una lectura alternativa a través de glosas tachadas, o “Bailemos, bailemos”, donde una sucesión de verbos clave entre guiones desemboca en el más infausto: “-Olvidar-”. Pero si hay un poema verdaderamente significativo, y emotivo, ese es “Legado”, donde evoca la figura del padre y sus consejos: “Bailar es volver a ser feliz”.

Una variedad de formas, sin alardes ni ornamentos superfluos, que hace de este poemario una lectura tan amena como estimulante, donde se advierte a un autor que, sin duda, tiene mucho que decir y mucho que bailar.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez




miércoles, 26 de julio de 2017

Nieve sobre nieve. Ricardo Virtanen

 
 


Nieve sobre nieve
Ricardo Virtanen
El sastre de Apollinaire, Madrid, 2017
 
 
Ricardo Virtanen (Madrid, 1964) publica su tercer libro de haikus, después de La sed provocadora (Círculo de Estudios Bibliográficos y Exlibrísticos, 2006) y el celebrado Sol de hogueras (Renacimiento, 2010), en una impecable edición a cargo de El sastre de Apollinaire y con un bello título, Nieve sobre nieve, que toma de una tanka de Fujiwara no Teika y que sugiere la blancura, la extrema pureza de una mirada limpia de toda retórica.

En este volumen Virtanen reúne cien haikus, escritos entre 2010 y 2014, que organiza en dos grandes secciones: “Vilanos de nadie”, que divide a su vez en tres apartados: “Fruta madura”, Miradas afuera” y “Momento solo”; y “Casi silencio”.

El libro, que se abre con un pertinente aforismo del propio autor, se inicia con una bellísima composición:

A media tarde
han llegado los pétalos
de la montaña.”

Un haiku que marcará la pauta métrica de la primera parte: tres versos de 5, 7 y 5 sílabas, de acuerdo con el canon occidental establecido por los grandes introductores de la estrofa japonesa en nuestra lengua, los mexicanos Juan José Tablada (1871-1945) y Octavio Paz (1914-1998). Como se sabe, no existe unanimidad en este tema, dado que la propia traslación del japonés a nuestro idioma supone la variación de una forma que admite hasta veintitrés sílabas.

Las composiciones que siguen no tienen desperdicio, todas denotan esa serena sencillez que atesora la mirada contemplativa del que sabe esperar el milagro de una naturaleza en la que a veces se insertan objetos de nuestra vida cotidiana: flotador, libro, maceta…

Nieve sobre nieve es un compendio de todos los subgéneros del haiku, pues Virtanen posee esa actitud necesaria para expresar lo que la naturaleza le dicta y que él sabe traducir con precisión y emoción contenida, no obstante, aflora en Virtanen un cierto lirismo que le hace un excelente representante de una tendencia que cuenta en nuestro país con otros grandes cultivadores, como Susana Benet y José Cereijo.

Otro de los grandes aciertos del libro es el hecho de disponer un solo haiku por página, un concepto muy zen que permite al lector concentrar su mirada en el negro de unas pocas palabras sobre el ingente fondo en blanco, que podríamos interpretar como el silencio y la nada.

Un silencio al que el autor se aproxima con agudeza en la segunda parte, pero un silencio necesario, que más bien significa ausencia de ruido, para ello Virtanen prescinde de un verso para adelgazar la voz hasta alcanzar el leve susurro de ese “casi silencio” al que aspira:

Toda esa nieve es nuestra.
Mañana, nada.”

Nada más cerca del todo que estos haikus hechos con la consistencia de la nieve que se acumula.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez