miércoles, 26 de octubre de 2016

Museo de cera. José María Álvarez

 
 


Museo de cera
José María Álvarez
Editorial Renacimiento, Sevilla, 2002
 
 
La reciente publicación de Seek to know no more (Renacimiento, 2015), nos devuelve al José María Álvarez (Cartagena, 1942) más misceláneo y culturalista, y es la excusa perfecta para rendir homenaje a una de las obras capitales de nuestra lírica contemporánea, me refiero a ese monumento en forma de volumen de poemas titulado Museo de cera. En él, el poeta murciano reúne una etapa sustancial de su vida, y digo bien, porque en Álvarez vida y literatura vienen a ser la misma cosa.
La creación de la obra abarca un amplio período, que se inicia en 1974, con una primera edición bajo el título 87 poemas, y llega hasta la séptima y última, que data de 2002, en el que la misma se fue perfilando y engrosando merced a un decidido afán de depuración estilística en aras de la perfección formal y la búsqueda de un estilo único que reflejara un mundo interior rico en referentes culturales, históricos y filosóficos, santo y seña de su generación, no debemos olvidar que su autor fue incluido en la selecta nómina de nueve “novísimos” antologados por José María Castellet en su mítica publicación de 1970.
José María Álvarez ha configurado a fuego lento su obra maestra, que en 1993 alcanza una notable trascendencia con la quinta edición publicada por la influyente editorial Visor. Por el camino han aparecido sucesivas ediciones “definitivas”, desde la segunda, en Hiperión, - en realidad una primera compilación fechada entre 1960 y 1977, con el sugerente subtítulo “Manual para exploradores”-, hasta su publicación, esta vez sí definitiva, en Renacimiento, en 2002. La editorial sevillana nos presenta un volumen de 905 páginas, que supone todo un maremágnum ordenado con delicadeza e ingenio. Muy pocos autores han abordado una obra tan ambiciosa, de hecho su ardua tarea recuerda a otro gigante de nuestras letras, Jorge Guillén y su Cántico, en el que el poeta vallisoletano invirtió no menos de cuatro lustros. Émulo de aquel en cuanto a alcance e influencia, Museo de cera era la forma que tenía Álvarez de englobar su poesía completa a medida que ésta crecía, un ciclo que tuvo varias etapas: los sucesivos poemarios que iba publicando de forma “independiente” y que finalmente pasarán a engrosar Museo de cera: Tosigo ardento, El escudo de Aquiles y Signifying nothing, entre otros.
Las diferentes partes que integran la obra son fiel reflejo de una poética tan interdisciplinar como cosmopolita, donde Álvarez recrea con verdadero ingenio pasajes y personajes, realidad y ficción, en un artificioso juego de palabras cuyos significantes y significados se orquestan con mano maestra. Pero si algo caracteriza a Museo de cera es, sin duda, su singularidad y afán enciclopedista, donde el autor concibe su historia como universal gracias a la ingente amalgama de referencias culturales, sobre todo del cine norteamericano de la edad dorada de Hollywood, una pasión cinéfila que hace que por sus páginas desfilen decenas de mitos y leyendas, en un conjunto asombroso de ambición medida.
Pero la lista es infinita pues no sólo se dan cita numerosos protagonistas de la historia, entre literatos, pensadores y artistas, sino que éstos conviven en armonía con otros que son producto de la desbordante imaginación de José María Álvarez. En suma, un extraordinario trabajo de erudición e inventiva que deslumbra y desconcierta.
Otro rasgo significativo es la abundancia de citas de la más diversa procedencia, cuya extensión muchas veces supera a la de los versos a los que sirven de “entradilla”. La universalidad de la obra viene marcada por la pluralidad de idiomas que titulan y se incorporan en los poemas: griego, latín, inglés, alemán, francés, etc.
Con todo podríamos calificar Museo de cera como monumento u homenaje a la Cultura, que ha colocado a José María Álvarez en la cumbre de una tendencia fundamental para comprender el abigarrado panorama de la lírica actual, tendido entre una posmodernidad individualista y una vuelta a lo social como arma cargada de futuro, y esperanza.
 
Gregorio Muelas Bermúdez



domingo, 23 de octubre de 2016

Un fragmento de eternidad. Reseña de Carlos Alcorta

 
 



Reseña de Carlos Alcorta en su blog Literatura y arte:
 
 

 
GREGORIO MUELAS BERMÚDEZ. UN FRAGMENTO DE ETERNIDAD. COLECCIÓN VIAJE AL PARNASO. EDITORIAL GERMANÍA, 2014

Mi primer contacto con la poesía de Gregorio Muelas fue hace unos meses, gracias a la antología de joven poesía valenciana titulada Cartografías de Orfeo, preparada por el poeta y profesor Sergio Arlandis, que encuadra a nuestro autor en una línea general «de introspección emocional y contemplativa, con cierto afán metafísico en su trasfondo, con la renovadora mirada de la juventud que comienza a descubrir la auténtica ferocidad del tiempo y el descrédito de los valores establecidos desde la imposición de un orden moral que debe renovarse obligatoriamente» con indudable acierto, porque, sin duda, la constatación del paso inexorable del tiempo y de las heridas que ese transcurso va dejando en la piel de la conciencia, es un el gran leitmotiv de la escritura de Muelas.

Nacido en Sagunto en 1977, la dedicación un tanto tardía a la poesía no ha impedido a Gregorio Muelas irrumpir con fuerza y entusiasmo constantes porque desde su primer libro, Aunque me borre el tiempo, publicado en 2010 hasta Un fragmento de eternidad («cada instante,/ cíngulo del tiempo,/ es un fragmento de eternidad» escribe en el poema inicial) ha dado a la imprenta Cuando la aurora le hable al tiempo (2011), libro escrito al alimón con Rafael Puerto y la plaquette Rosas y ortigas (2013). El libro objeto de estas líneas está divido en cuatro secciones precedidas por un «Preludio» y rematadas por una «Coda». En todas ellas se advierte el gusto de nuestro poeta por la palabra, ya sea sonora, enfática, grandilocuente o desnuda, sencilla, lapidaria incluso (la «nada» como resumen existencial recorre los poemas del libro). Tienen también muchos de los versos de este libro un marcado gusto por la métrica tradicional, por el endecasílabo (con la particularidad de estar acentuado con frecuencia en la quinta sílaba) combinado con metros menores, aunque Gregorio Muelas no desprecia la versatilidad que proporciona el alejandrino, incluso el versículo, todo en ello en virtud de un examen de conciencia en el que, como escribimos al comienzo, el tiempo se convierte en juez y la nada en epítome de la claudicación. Versos extraídos al azar lo confirman: «Sólo la nada dura eternamente», «…todo lo que la nada desbarata» o ese «Adentrarse en la nada» del poema final. Tal vez, en esta meditación emotiva, en esta especie de sumisión al destino que recorre el libro, la sección titulada «Música en la oscuridad» sea la más reivindicativa —Gorecki, Pärt o Bruckner son cómplices necesarios—, porque el poeta asume que la realidad no es unívoca y todo tiene su opuesto, como la cara oculta de la luna, negada a nuestros ojos pero tan presente en la conciencia como la cara iluminada, acaso porque, como escribe Muelas en un poema de otra sección, «Para contemplar la Luna/ no necesito mirar al cielo,/ me basta con ver en las oscuras aguas/ —negro espejo—/ emerger su blanco espectro».

No faltan en Un fragmento de eternidad la defensa de la poesía o de la naturaleza, tan ultrajada en nuestra época, así lo entrevemos en los poemas titulados «Refutación a Adorno» al que pertenecen estos versos: «Después de Auschwitz/ se escribe poesía/ para decir con eco inextinguible/ que la muerte no es la única salida» o «Versos para una primavera»: «Gritemos libertad/ para que el día de mañana/ el silencio no sea./ Para que en el crudo invierno/ pueda brotar/ una primavera perpetua». Sergio Arlandis califica la poesía de Gregorio Muelas como un «derroche emotivo» y nosotros no podemos más que estar de acuerdo con esta definición, pero ese derroche no está exento de aflicción, de incertidumbre existencial, lo que hace más conmovedora aún la imposibilidad de vengarse de las agresiones del tiempo, una ambición, más que personal, de índole sagrada y colectiva.




sábado, 22 de octubre de 2016

Tard o d´hora. Marc Granell

 
 


Tard o d´hora
Marc Granell
Editorial Denes, Paiporta, 2006
 
 
Tard o d´hora es el último poemario hasta la fecha de Marc Granell (1953), el poeta valenciano es una de las voces más sólidas de la poesía en lengua catalana en el País Valenciano, autor de obras tan relevantes como Llarg camí llarg (Eliseu Climent, 1977), que le valió el Premi Vicent Andrés Estellés, Refugi absent (Mall, 1979) o la popular Versos per a Anna (Bromera, 1998).

Publicado por Editorial Denes en el número 60 de su colección de poesía “Edicions de la Guerra”, que dirige Vicent Berenguer, este libro reúne cuarenta y nueve poemas divididos en cinco secciones: “Poemes del caminant”, “Galeria”, “Mentre el camí”, “In memoriam”, “Quadern de camp”.


Destaca en este poemario cierta tendencia culturalista pues son numerosas las referencias y los referentes que Marc Granell cita o en los cuales se inspira, es el caso de Joseph Brodsky, que abre el libro, del pintor Antoni Miró, de Antonio Machado, cuya estela se deja sentir sensiblemente, del escultor Eduardo Chillida, y del cantante y actor Ovidi Montllor, a quien dedica una emotiva composición: “Fa deu anys que fa fosc i fa silenci./ Torna y encén/ de nou el món.

Marc Granell hace gala de un estilo sencillo, que denota un gran trabajo de precisión, sus versos cantan el amanecer, el otoño, el mar o las estrellas y lo hacen con concisión y elegancia. Pero su voz también se hace eco de las injusticias sociales y se solidariza con “Els expulsats”, o reivindica el papel de los poetas en la sociedad: “Els poetes són els éssers/ més imprescindiblement inútils/ que hi ha sobre la terra.

Pero hay dos temas que brillan con especial intensidad, se trata del paisaje y el amor romántico, éste último se expresa de muy diversas maneras pero siempre de forma concisa para concitar todo el color y el dolor que su presencia o ausencia provoca: “El camí cap a tu/ és tot verd i és amb sol/ i a les vores li creixen/ mirades i cançons./ Les cançons que cantaves/ mentre et mirava jo.

La presencia del paisaje trasciende la mera contemplación para reflexionar sobre la existencia, así el Arno, Patmos, Alexanderplatz o el Pont-Neuf, coexisten con el paisaje nostálgico del Cabanyal o el sequer de la infancia, donde jugaba con su hermano Manuel “a ser exploradors” de Birmania o “cowboys fornits” en Fort Apache, cuando “l´estiu era etern”.
 
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez
 
 
 



jueves, 20 de octubre de 2016

La flor de la vida, Heberto de Sysmo presenta en Torrent su nuevo poemario

 
 
 
 
 
Crónica de la presentación en MUNDIARIO:
 
 
El pasado miércoles día 5 de octubre tuvo lugar en el Salón de Actos de la Casa de Cultura de la localidad de Torrent (Valencia) un acontecimiento literario de primera magnitud, se presentaba en sociedad el nuevo poemario de Heberto de Sysmo, seudónimo literario del escritor José Antonio Olmedo López-Amor: La flor de la vida. Elogio de la geometría sagrada, publicado por Editorial Lastura, en el n.º 42 de su colección Alcalima, dirigida por Isabel Miguel.

El poeta valenciano supo rodearse de ilustres presentadores pues le acompañaban en la mesa Jaime Siles, mentor del autor, y Patricia Cuenca, presidenta de la asociación cultural Torrent de Paraules Tertulia Literaria, anfitriona del evento.
 
 

 
Entre los asistentes estuvieron presentes varias personalidades del mundo literario de Valencia, como Ricardo Bellveser, vicepresidente del Consell Valencià de Cultura, los poetas Blas Muñoz Pizarro, Luis Hernández Rubio y Félix Molina Colomer, la periodista y novelista Elga Reátegui Zumaeta y la escritora alemana Petra Dindinger Biermann, que tuvo la amabilidad de acudir desde Castellón.
 
 

 
El evento estuvo amenizado por la música al piano de la compositora Aroa Escobero, que deleitó a los asistentes con su virtuosismo, abriendo el acto con una bellísima composición y acompañando a los distintos rapsodas durante la lectura de poemas del libro, entre ellos podemos destacar a Miguel García Casas y Marcel Marck, grandes intérpretes que emocionaron al público con su declamación, a Blas Muñoz Pizarro, que compartió su experiencia con algunos de los vocablos empleados por Heberto, y a Petra Dindinger Biermann, que leyó una selección de haikus de La soledad encendida, anterior trabajo de Heberto de Sysmo, ex aequo con quien suscribe esta crónica, traducidos al alemán por la escritora afincada en Nules.
 
 
 
 

 
Durante la presentación, Patricia Cuenca hizo una bella disertación sobre el significado profundo del libro, y Jaime Siles destacó las muchas virtudes de un poemario realmente singular, que se destaca de la inmensa mayoría por su meditada elaboración e ingente trabajo de investigación, donde se acoplan en fraternal abrazo disciplinas aparentemente dispares pero complementarias como las Artes y las Ciencias, además alabó el erudito trabajo de análisis de David Acebes y la belleza de las ilustraciones de Vanesa Torres.
 
 

 
La presentación concluyó con una ronda de preguntas donde Heberto de Sysmo se explayó de forma amena sobre la génesis de un poemario que lejos de ser hermético supone una bella meditación sobre los misterios del conocimiento.
 
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez
 
 


 

domingo, 16 de octubre de 2016

Haikus traducidos al rumano por Elisabeta Botan

 
 



Es un placer compartir dos haikus, incluidos en La soledad encendida (Editorial Ultramarina Cartonera & Digital, 2015), traducidos al rumano por gentileza de la escritora y traductora rumana Elisabeta Botan, en su blog ORIZONTURI POETICE – HORIZONTES POÉTICOS, donde realiza una ingente labor de traducción rumano-español/ español-rumano. Muchas gracias.


neaua-i cedează
căldurii migdalului;
zori de martie
 
 
la nieve cede
al calor del almendro;
alba de marzo
 
 
 
 
 
noapte închisă
în mare strălucesc doar
noctilucele
 
 
noche cerrada,
en el mar sólo brillan
las noctilucas
 
 
 
 
 
 
Elisabeta Botan
 
 
 
 


jueves, 13 de octubre de 2016

Las aguas ontológicas de Andrei Tarkovski

 
 



Artículo publicado en el Nº 54 Agua de la Revista Cultural de la Asociación Sede:
 
 
 
 

 
Amo el agua, contestó el cineasta ruso al ser interrogado por la constante presencia del elemento líquido en sus películas. El agua siempre ha ejercido un alto poder hipnótico a través de su cadencia musical en forma de lluvia o de corriente continua, un poder que Tarkovski sabía emplear con maestría para potenciar o enmarcar algunas de las escenas más emblemáticas de su filmografía. Para hallar el sentido a esta constante debemos acudir a la propia biografía del autor pues el agua era parte integrante del paisaje donde se había desarrollado su infancia: en Rusia hay largas temporadas de lluvia que despiertan la nostalgia.
Podríamos definir el agua como elemento estético y aunque en diversas ocasiones el propio cineasta ha negado un significado simbólico, sin duda Tarkovski intuyó un significado más profundo, que conecta con lo espiritual, con la esencia mística de las cosas. Así sucede en Nostalgia (1983), donde el agua impregna cada secuencia en sus más diversas formas: gran parte del film se desarrolla en Bagno Vignoni, cuya piscina termal alberga primero a unos seres racionales que cuestionan la locura de Domenico, y después es el espacio donde se desarrolla el sacrificio para salvar a toda la humanidad; además está la lluvia, que desempeña una función purificadora que señala el tránsito de la vigilia al sueño, y también invade espacios cerrados, como la casa de Domenico.
La aparición del agua no sólo responde a una mera función estética, ni es fruto de la casualidad, sino que obedece a una causalidad y adquiere una dimensión poética, y en este sentido entronca con la obra de otro gran cineasta soviético como Aleksandr Dovzhenko. Tarkovski es un poeta del cine, que conoce el poder del agua para generar determinados estados de ánimo, en ocasiones esta aparición va acompañada de los acordes electrónicos de Eduard Artemiev, una sabia combinación de la que emana una atmósfera onírica que nos traslada al ámbito de lo metafísico, de lo trascendental.
El cine de Andrei Arsenievich está salpicado de charcos y de charcas, inolvidable aquella en la que se reflejan los arcos de la abadía en el final de Nostalgia, pero si hay una imagen recurrente es la lluvia desbordándose de tazas y botellas, como metáfora visual del alma que se colma de belleza.
Además Tarkovski es un consumado maestro en el arte de combinar contrarios, como el agua y el fuego, así sucede en El espejo (1974), donde la cámara se desplaza siguiendo el movimiento de los personajes en el interior de la casa hasta detenerse en el goteante soportal para reencuadrar el incendio de la dacha familiar, o en Nostalgia, donde un libro de poemas de Arseni Tarkovski, padre del cineasta, se quema al borde de las aguas y que nos lleva de nuevo al terreno de la ensoñación.
El agua como símbolo de pureza, de transparencia, encuentra su máxima expresión en Stalker (1979), donde el agua es parte constituyente de la Zona, en este sentido es mítica la secuencia que recorre los diversos objetos que se encuentran abandonados, sumergidos, como testimonio de una civilización hundida en su miseria espiritual, en su egolatría, en su falta de comunión con la tierra.
Pero hay una película donde el agua adquiere una importancia significativa desde el punto de vista argumental y escénico, me refiero por supuesto a Solaris (1972), donde el verdadero protagonista es el planeta homónimo, un océano pensante capaz de materializar los episodios de culpa, de remordimiento, de los cosmonautas. El film comienza y termina en el agua, desde un inicio bucólico con el fluir de un riachuelo en cuyo fondo se mecen las algas hasta el impresionante plano aéreo final. El agua es el punto de unión con la Tierra, como hacedora de vida, pero también como depositaria de los recuerdos que siempre nos acompañan por mucho que tratemos de alejarnos para olvidar.
En el cine de Andrei Tarkovski el agua adquiere una función diegética que mediatiza la acción de unos personajes que toman conciencia de su ser en el mundo. Podríamos concluir diciendo que para Tarkovski el agua en su conjunto es símbolo de riqueza espiritual, de eternidad disfrazada de cotidianidad, de lo infinito.
 
 

 
 
Gregorio Muelas Bermúdez

 
 
 





domingo, 9 de octubre de 2016

La Condesa Sangrienta. Alejandra Pizarnik

 
 


La Condesa Sangrienta
Alejandra Pizarnik
Libros del Zorro Rojo, Buenos Aires, 2014
 
 
Libros del Zorro Rojo publica un clásico de la literatura argentina, y latinoamericana, del siglo XX, La Condesa Sangrienta, de Alejandra Pizarnik (1936-1972), fiel exponente del malditismo por su azarosa vida y su drástico final. La editorial barcelonesa, con sede en Buenos Aires y México D. F., reedita una obra singular, única, que vio por primera vez la luz en la revista Testigo en 1966, y posteriormente en forma de libro en Editorial Aquarius, en 1971, y que en esta ocasión se presenta en una bellísima edición en tapa dura con unas espectaculares ilustraciones de Santiago Caruso.

El dibujante argentino es un experto en ilustrar pasajes de pesadilla, basta citar su trabajo en El horror de Dunwich (Libros del Zorro Rojo, 2012) de Howard Phillips Lovecraft, y, sobre todo, en Los cantos de Maldoror (Valdemar, 2016) del conde de Lautréamont, para definir un estilo barroco, expresionista y deliberadamente decadente, que destila un erotismo de corte sádico, que en su visión infernal recuerda a las pinturas de El Bosco y Pieter Brueghel el Viejo. Los dibujos de Caruso, en blanco, negro y rojo sangre, subrayan la oscura prosa de Pizarnik, fría e hiriente, que reseña la leyenda de la condesa Erzébet Báthory, un siniestro personaje que inspiraría la novela Carmilla (1872), del escritor irlandés Sheridan Le Fanu, auténtico precedente del celebérrimo Drácula (1897) de su compatriota Bram Stoker.
 
 
 

La Condesa Sangrienta es la prosa más extensa de Pizarnik, conocida, sobre todo, por su poesía de influencia surrealista, con obras como Los trabajos y las noches (1965) y Extracción de la piedra de la locura (1968). Prosa, sí, pero de un lirismo sobrecogedor, que conjuga ensayo y narración con verdadera maestría, de esta forma Pizarnik se inventa un género híbrido entre la poesía, la crítica literaria y la prosa para distanciarse conscientemente de la poesía que la venía caracterizando, a través de una historia verdaderamente grotesca, la vida de una condesa húngara del siglo XVII conocida por ser la “asesina de 650 muchachas”. Un relato cruel y perturbador que cuenta con una introducción, de título homónimo, y se estructura en once capítulos, en realidad breves estampas donde se narra la truculenta vida de Erzsébet Báthory en su castillo de Csejthe, en los Cárpatos.

En la introducción la autora dice basarse en los documentos y relaciones recopilados por Valentine Penrose (1898-1978) sobre tan insólito personaje, para ofrecernos su propia versión con un estilo extravagante que supuso un punto de inflexión en la carrera literaria de la poeta argentina pues no se limita a una mera crónica de los hechos, sino que va más allá al elaborar un poema en prosa que supera la intención del poeta surrealista francés, al concentrarse en la descripción de “la perversión sexual y la demencia de la condesa Báthory”.
 
 
 

Los diferentes capítulos, que Pizarnik introduce con citas de escritores malditos, como Sade, Rimbaud, Baudelaire o Artaud, y de autores contemporáneos que le influyeron en su período parisino, como Sartre o Paz, entre otros tan peculiares como Gombrowicz o Milosz, se pueden agrupar en dos partes según su temática, así los cuatro primeros capítulos se concentran en la descripción de los diversos métodos de tortura perpetrados por la siniestra condesa: "La virgen de hierro", "Muerte por agua", "La jaula mortal", "Torturas clásicas”. Los siete capítulos restantes hacen un recorrido desde sus orígenes familiares en “La fuerza de un nombre” hasta su condena y muerte en “Medidas severas”. Especial atención merece el capítulo “El espejo de la melancolía” por el lirismo de su lenguaje y la minuciosa y brillante descripción que realiza del mal de la melancolía: “en su época una melancólica significaba una poseída por el demonio”.

En definitiva, Alejandra Pizarnik nos ofrece un relato terriblemente bello, que a partir de hechos históricos reconstruye una existencia obsesionada por “alejar a cualquier precio la vejez” a través de la magia negra. La Condesa Sangrienta ha quedado como un experimento “obsceno” y un efecto literario del desequilibrio emocional de su autora.
 
 
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez
 
 
 




sábado, 8 de octubre de 2016

De las Ramblas a Brooklyn (Código descifrado). Hilario Barrero

 
 


De las Ramblas a Brooklyn (Código descifrado)
Hilario Barrero
Cuadernos de humo, Brooklyn, NY, 2016
 
 
Con el significativo título De las Ramblas a Brooklyn (Código descifrado) Hilario Barrero publica su nuevo trabajo poético en el número doce de Cuadernos de humo, la editorial que el escritor toledano dirige como garante desde Nueva York.

El cuaderno, que viene bellamente ilustrado con siete láminas del propio Hilario, se inicia con un breve poema que apela al subtítulo del conjunto, “Código” como “un sonido animal” que el poeta escucha y logra descifrar en la intimidad de la noche.

Una página de un diario, a modo de prefacio, fechada el 7 de julio de 1971, completa el significado de un cuaderno que se inicia en Barcelona, en las Ramblas, un día que se graba en la memoria sentimental del poeta porque “cuando menos lo esperaba” “pasaste tú”, y finaliza en la actual residencia del autor, en Brooklyn, USA.

Siete sonetos” componen la primera parte, donde Hilario Barrero demuestra su pericia en el metro clásico de temática amorosa y existencial, desde la emoción del encuentro al temor por el final, veamos un par de fragmentos como ejemplo de lo uno y de lo otro:

Herido estoy de gozo y de sosiego
y mi sombra te espera enamorada,
herido estoy de muerte por la almohada
que me puso la sangre como el fuego.” (VI)

Pasa un viento y me arranca la ternura
y el hueso del amor desnudo avanza
confundiendo la tierra con la altura.” (VII)

De nuevo es el diario el que separa esta parte de la siguiente, una página y tres días, “han pasado cuarenta y dos años, dos meses” desde aquel 7 de julio marcado en la memoria del poeta, que en el siguiente apartado nos entrega “Siete postales del sur y una postdata”, donde traza algunos rasgos de la Córdoba de los Omeyas, del museo y la bahía de Cádiz, de las cerámicas de Sevilla y de la Granada del estuco y del agua, bellísimas estampas con un broche en forma de postdata:

Me arrimo a ti
en una calle estrecha
y dejo pasar la sombra
que nos viene siguiendo.

Julio, 2016” es el título del siguiente apartado, nótese la constante presencia del número siete (mes) como elemento aglutinador de todo el conjunto, en recuerdo de aquella fecha señalada en la memoria, que coincide con la de la publicación de este cuaderno, como homenaje a aquel encuentro. Aquí nos encontramos con un texto en prosa que en verdad es un autorretrato en dos tiempos paralelos, en dos ámbitos, el profesional docente y el personal, así dos fechas: “uno de los días más felices de su vida fue cuando lo jubilaron”, “el otro fue el siete de julio de 1971”, enmarcan al mismo ser, el poeta que trabaja y ama, que escribe y vive por el mismo aliento.

En “Código descifrado”, título del último apartado, Hilario Barrero reúne siete poemas de bellísima factura, hechos a fuego lento, con pasión, “para dejar memoria perecedera de un amor” porque como escribe en “Final”:

tú y yo que hemos sido agua,
viento y fuego enamorado
seremos un olvido.
Solo uno.
 
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



jueves, 6 de octubre de 2016

Un fragmento de eternidad. Reseña de José Antonio Santano

 
 
 
 
 
Reseña de José Antonio Santano en Diario de Almería y en Cuadernos de Caridemo. Revista Digital de Literatura:
 
 
en El olivar de la luna:
 
 
y en A.C.E. Asociación Colegial de Escritores de España. Sección Autónoma Andalucía:
 
 
 


UN FRAGMENTO DE ETERNIDAD
 

Una vez más, y en la historia de la poesía han sido muchas las ocasiones, el hombre proyecta hacia afuera al poeta que nunca dejó de habitarle. En esa extraña y mágica comunión y, valiéndose de la palabra, como esencia misma en el decurso de la vida, el poeta proclama su reino, su infierno y paraíso. Nada se escapa a la honda mirada del poeta, y aunque la temática se repita de unos a otros vates, siempre existe la posibilidad de hallar otros mundos y universos, si no desconocidos, sí disímiles. La nómina de poetas que han tratado la fugacidad del tiempo, la naturaleza o la muerte sería extensa, pero no cabe duda alguna que cada uno de ellos nos ha dejado su impronta, proyectado su visión del mundo. Por qué, habría que preguntarse, esa necesidad inherente al poeta de refugiarse en la soledad en su búsqueda por la luz de la palabra, el pensamiento, la filosofía en sí misma, la existencia. En los matices está tal vez la clave, en la capacidad para observar y transferir luego lo aprehendido. “Un fragmento de eternidad”, segundo libro de poesía de Muelas, es un canto a la vida, a sus luces y sombras, esas que nos habitan a todos los seres humanos, nos alegran o entristecen, pero que aquí el poeta nos revela con su esencial y honda mirada al mundo que le rodea. El tiempo, la música y la naturaleza son los temas que, fundamentalmente, aborda Muelas Bermúdez en este poemario, abrigado por la presencia del metro endecasíllabo (sonetos), el heptasílabo, de más clara tradición clásica, aunque también, de un acertado versolibrismo. Esos tres bloques temáticos se concretan, a su vez, en cuatro apartados: “Aurora y agonía”, “Música en la oscuridad”, “El peso de los días” y “Apuntes de paisaje”, a los que hay que añadir el preludio y coda final. El preludio es ya una reafirmación del poeta en la esencialidad de la existencia, “carpe diem”, de la necesidad de vivir intensamente cada segundo de vida, al concebir el instante, el tiempo, la nada casi, en “un fragmento de eternidad”, pero es también un grito ante la indiferencia: «Nada / me hiere más que una mirada indolente, / que un silencio, que un adiós». El posicionamiento del poeta es claro desde la primera página, y así lo continúa en “Aurora y agonía”, en alusión a la nada y el todo, alfa y omega vivencial, a ese existencialismo contenido en los sonetos “Génesis” y “Luzbel”, representación de la luz edénica, lo demonial, de la felicidad y el sueño contrapuesto al dolor y la amargura. “Música en la oscuridad”, es trasunto del tiempo, de la vida que aflora con intensidad en la voz del poeta, en la armonía de una sinfonía versal que va "in crescendo": «El hombre gira y gira / hasta que la música se consume. / En calma, exaltado, escucha el silencio», en esa búsqueda interior que lo serene. Comienza la tercera parte con "El peso de los días" y una cita de Paul Celan referida al tiempo: "Tiempo es que sea tiempo". Es en esta dimensión donde el sujeto poético se transforma, abraza la otredad como signo inequívoco de fraterna solidaridad: «Después de Auschwitz / se escribe poesía / para decir con eco inextinguible / que la muerte no es la única salida».
En este camino nos encontramos con la voz del poeta Gregorio Muelas (Sagunto, Valencia, 1977), con su existencialismo vivaz, definidor de su poética, enriquecido por el lenguaje y el ritmo melódico, musical de la palabra trascendida.
El hombre y el poeta frente a frente, en la soledad del silencio que grita el desconsuelo del mundo, del desvalimiento en un tiempo oscuro e incierto. El tiempo como discurso poético capaz de ser haz de esperanza, amor y entrega, de mostrar la luz al final del camino, tal vez leve, pero precisa, rotunda. Nada se opone ni obstaculiza al poeta en su objetivo, en su desvelo por mostrarnos la gran diversidad de paisajes, esenciales todos y que el poeta rescata de la memoria hasta insertarlos en su ser como propios. La escritura como salvación y la naturaleza como tránsito hacia la luz que resplandece en comunión perfecta con los sentidos y los sentires. La primavera como símbolo de un tiempo nuevo cargado de sueños y horizontes, de libertad plena: «Gritemos libertad / para que el día de mañana / el silencio no sea. / Para que en el más crudo invierno / pueda brotar / una primavera perpetua». Pone punto y final a este libro la coda, con el poema “Nada”, que el poeta dedica a otro poeta, Antonio Praena, y con el que nos recuerda esos otros versos de José Hierro, cuando dice: “Qué más da que la nada fuera nada / si más nada será, después de todo, / después de tanto todo para nada”. “Un fragmento de eternidad”, de Gregorio Muelas, nos sitúa en el camino hacia la verdadera luz de la poesía.

Título: Un fragmento de eternidad
Autores: Gregorio Muelas Bermúdez
Editorial: Germanía (Valencia, 2014)


miércoles, 5 de octubre de 2016

Retrato de Yevgeny Evtuchenko

 
 



Un poeta en Rusia es más que un poeta”, con esta frase proverbial se hizo célebre el joven poeta siberiano, de hecho fue el miembro más joven en ingresar en la Unión Nacional de Escritores Soviéticos, en 1952, con tan sólo diecinueve años. Su poesía social lo convirtió en uno de los ídolos de la generación de los sesenta o del deshielo, al hacerse eco de los anhelos de cambio y apertura hacia el régimen soviético.
 

Admirador de Pasternak, Yevgeny Evtuchenko siempre se ha considerado un continuador de Maiakovski, un poeta popular, del pueblo, capaz de llenar estadios deportivos con el vigor de sus versos. Se dio a conocer con el poema “Babi Yar” (1961): “No existe monumento en Babi Yar; sólo la agria ladera. Y tengo miedo.”; donde denunciaba la masacre de más de 35.000 judíos por las tropas nazis en un barranco próximo a Kiev, en dos días de septiembre de 1941.




La relación del poeta ruso con Latinoamérica ha sido larga y fructífera, es mítica su amistad con el poeta cubano Heberto Padilla, con quien se solidarizó tras su detención, juicio y exilio, y Pablo Neruda, además de ser el traductor al ruso de Raúl Zurita. Sus viajes por Cuba, donde fue guionista del documental Soy Cuba (1964), de Mijaíl Kalatozov, y Chile, en vísperas del golpe militar de 1973, fueron verdaderamente iniciáticos.
 
 
 


En 1997 Fondo de Cultura Económica publicó en México una amplia selección de su poesía y prosa bajo el significativo título Adiós, Bandera Roja. Evtuchenko es un poeta apreciado dentro y fuera de Rusia, de hecho obtuvo algunas de las condecoraciones más prestigiosas de la extinta Unión Soviética, como el Premio Estatal de la URSS en 1984 por su poema Mamá y la bomba de neutrones.
 
 
 
 

Alma libre en pro de la paz mundial, crítico con el gobierno de la Federación, y sobre todo, heredero de los grandes poetas rusos, Evtuchenko es un clásico vivo.


Gregorio Muelas Bermúdez



martes, 4 de octubre de 2016

La cuarta persona del plural. Vicente Luis Mora (ed.)

 
 


La cuarta persona del plural. Antología de poesía española contemporánea (1978-2015)
Vicente Luis Mora
Vaso Roto Ediciones, Madrid, 2016
 
 
La cuarta persona del plural reúne una parte significativa de la poesía española contemporánea, en concreto aquella que abarca el período comprendido entre 1978 y 2015, treinta y siete años de producción de veintidós autores nacidos entre 1960 y 1980, con una excepción, que conforman la primera línea de la Poesía, con mayúscula, de nuestro país. Un original título, inspirado en un verso del beatnik Lawrence Ferlinghetti, donde, como suele suceder con este tipo de compilaciones, no están todos los que son, pues se advierten algunas ausencias, pero sí son los que están, muy acertada, pues, la elección de Vicente Luis Mora, responsable de una impecable edición que publica con primor el sello hispano-mexicano Vaso Roto Ediciones.

El escritor cordobés es un prestigioso crítico literario, con ensayos como El lectoespectador. Deslizamientos textovisuales entre literatura e imagen (Seix Barral, 2012) o Singularidades. Ética y poética de la literatura española actual (Bartleby, 2006), que además ha dado a la imprenta el poemario Serie (Pre-Textos, 2015) y la novela Alba Cromm (Seix Barral, 2010).

El trabajo de Vicente Luis Mora no se limita a seleccionar autores punteros, con obra y consecuencia, pues los hombres y mujeres aquí antologados no sólo disponen de una obra influyente, que en algunos casos podrían conforman generación, sino que se distinguen por una serie de concomitancias que los desmarca, así la mayoría no sólo se dedica a escribir versos, también son narradores, críticos literarios y traductores de probado prestigio. La cultura y la relación con el mundo a través del lenguaje les impele a la escritura creativa con una voz personal capaz de entroncar vida y obra.

He aquí la nómina de autores seleccionados por año y orden de aparición: Rikardo Arregi (Vitoria-Gasteiz, 1958), José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960), Jesús Aguado (Sevilla, 1961), Esperanza López Parada (Madrid, 1962), Eduardo Moga (Barcelona, 1962), Jorge Riechmann (Madrid, 1962), Vicente Valero (Ibiza, 1963), Diego Doncel (Cáceres, 1964), Ada Salas (Cáceres, 1965), Álvaro García (Málaga, 1965), Eduardo García (Sao Paulo, 1965), Jordi Doce (Gijón, 1967), Antonio Méndez Rubio (Badajoz, 1967), Agustín Fernández Mallo (La Coruña, 1967), Melcion Mateu (Barcelona, 1971), Mariano Peyrou (Buenos Aires, 1971), Julieta Valero (Madrid, 1971), Pablo García Casado (Córdoba, 1972), José Luis Rey (Puente Genil, 1973), María do Cebreiro (Santiago de Compostela, 1976), Sandra Santana (Madrid, 1978) y Juan Andrés García Román (Granada, 1979).

Como podemos observar, Vicente Luis Mora traza un mapa extenso que abarca la práctica totalidad de la geografía española y no sólo en lengua castellana, pues incluye autores que se expresan originalmente en euskera, Rikardo Arregi, en catalán, Melcion Mateu, y en gallego, María Do Cebreiro.

Vicente Luis Mora realiza una extraordinaria labor al incorporar un amplio estudio introductorio de ochenta páginas donde aborda interesantes aspectos que además de orientar al lector inquieto permiten justificar la elección de los poetas antologados, así Mora se entrega a explicitar los criterios editoriales y estéticos que motivaron su selección bajo el principio de “excelencia”. Otro de los grandes aciertos es el estudio previo de los poetas antologados, dedicando dos páginas a cada autor, a modo de entradilla, para dar cuenta sucinta de la recepción crítica de unas obras en marcha, presente y futuro de nuestra mejor lírica.

Con todo La cuarta persona del plural es una antología ejemplar y me atrevería a decir que canónica que tiene la virtud de plantear una visión “alternativa” de la compleja realidad poética de nuestro país al dar cabida a autores de tendencias muy diversas, desde el verso comprometido, crítico y social de Jorge Reichmann hasta el minimalismo de Ada Salas, pasando por las deslumbrantes imágenes surrealistas de José Luis Rey o los poemas en prosa de Eduardo Moga, por citar algunos ejemplos. En definitiva, una inmejorable ocasión para adquirir una visión más plural de la poesía española contemporánea.

 
 
Gregorio Muelas Bermúdez