miércoles, 19 de mayo de 2021

Los haikus norteamericanos de Jack Kerouac

 




De las numerosas apropiaciones occidentales del haiku japonés, una de las más logradas son los haikus norteamericanos de los beatniks, que vieron en esta síntesis esencial de expresión, una manera de romper con la compleja realidad de la época, de trascenderla.


El poeta beat Jack Kerouac (1922-1969) fue uno de los grandes cultivadores de la célebre estrofa japonesa en Norteamérica pero tuvo la virtud de adaptarla a la realidad estadounidense del momento. Es fácil imaginar al escritor de Lowell, Massachussetts, recitando estas composiciones en el San Remo Café de Nueva York o en algún bar de San Francisco, entre rachas de jazz y humo de tabaco. Estamos en la década de los sesenta, Kerouac ha alcanzado su madurez expresiva y tras coquetear con el budismo, influenciado por sus amigos Gary Snyder y Alan Watts, este último gran divulgador de Daisetz T. Suzuki, el principal introductor del budismo zen en Estados Unidos, decide probar con esta forma de expresión mínima, que le exige un gran trabajo de condensación, todo un reto para alguien acostumbrado a verter sus emociones de forma torrencial.


Más conocido por la prosa espontánea con la que escribía sus novelas, sobre todo la excelente En el camino (On the Road, 1957), verdadero tótem de la Beat Generation, Kerouac también cultivó la poesía, llegando a publicar en vida una colección de poemas bajo el título Mexico City Blues, que vio la luz en 1959. Finalmente, atraído por el espiritualismo oriental, se dejó seducir por el haiku, del que diría: “un auténtico haiku tiene que ser tan simple como el pan y, sin embargo, hacerte ver las cosas reales”.


Allen Ginsberg, tal vez la persona que mejor le conocía, decía de él: “Era Poeta”. En nuestro país, el que mejor se ha ocupado de la poesía de Kerouac tal vez sea Marcos Canteli, autor del prólogo de Libro de jaikus (Bartleby Editores), quien asegura que la preocupación por el haiku acompañó al escritor durante toda su vida.


Como sus compañeros de letras Allen Ginsberg, Gary Snyder, Gregory Corso y Peter Orlovsky, Kerouac escribió un buen puñado de composiciones, muchas de ellas se han hecho célebres con el tiempo, siendo, con el permiso del primero, el que mejor supo asimilar las enseñanzas de los clásicos japoneses.


Veamos algunos ejemplos significativos:



In the morning frost
the cat stepped
slowly


En la escarcha de la mañana
los pasos del gato
sigiloso


*


Night fall,
boy smashing dandelions
with a stick


Cae la noche,
un chico aplasta dientes de león
con un palo


*


No telegram today.

only more

leaves fell


Ningún telegrama hoy,
solo más
hojas caídas



Como se puede apreciar en los ejemplos citados, Kerouac se hace eco de elementos naturales, cotidianos, sin llegar a desdeñar lo vulgar o aparentemente anodino; sus haikus están transitados por gatos y aves, gorriones y petirrojos, y atravesados por carreteras secundarias y espacios amplios, como un campo de fútbol o de béisbol, todo con el propósito de captar the real thing sin artificios líricos. Forjado en la lectura meditativa de los clásicos, sobre todo de Matsuo Bashô, Kerouac supo asimilar sus preceptos para eternizar ese instante que sucede “aquí y ahora”.



Los haikus de Jack Kerouac saben a blues y subvierten la forma sin ceñirse a ningún patrón métrico, suenan libres, como su espíritu. Amante de las onomatopeyas y en muchas ocasiones con sentido paródico, es cierto que Kerouac no siempre acertó en su manera de plasmar el haiku pues no fueron pocas las veces en las que intentó introducir elementos vanguardiastas en esta forma milenaria, o en las que no se privó de emplear figuras retóricas, que tan lejos están del haiku verdadero, como en este ejemplo:


The moon

Is a

Blind lemon


La luna

es un

limón ciego


No obstante, el escritor norteamericano tiene el mérito de haber popularizado el haiku con el suficiente respeto para ser reconocido como una de sus figuras clave al oeste del archipiélago japonés.



Gregorio Muelas Bermúdez


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