martes, 16 de abril de 2019

Lector in umbra. Prólogo de Estado de Acedia

 
 



LECTOR IN UMBRA



Pronto hará dos años que respondí a una generosa y deferente petición de Gregorio Muelas para que revisara una colección de poemas titulada Estado de acedía. Desde el privilegio que puede otorgarme la amistad, y no otro, me atreví entonces a remitirle unas notas a pie de página. En el mensaje le decía: «Se trata solamente de una revisión formal, tal vez demasiado rigurosa pero hecha con todo el cariño que te tengo». A eso me limité y creo que hice lo correcto. Supongo que él esperaba además una valoración crítica que no quise hacer en aquel momento porque Gregorio ya no la necesitaba.



Cuando nos conocimos (tal vez en 2011 en alguna de las presentaciones de Aunque me borre el tiempo, su primer poemario, pero ya con seguridad en 2012 en la presentación de La mano pensativa, uno de mis libros), iba acompañado de José Antonio Olmedo López-Amor. Desde entonces, ambos, jóvenes unidos por una misma edad y una amistad entrañable, me han distinguido con su afecto, correspondido. Con admiración y cierta nostalgia les he ido viendo crecer como autores y creadores hasta conseguir en estos pocos años ser hoy una espléndida realidad.



Gregorio, tras su opera prima, firmó un libro de guiones de cine titulado Cuando la aurora le hable al tiempo (2011), el libro de poemas Un fragmento de eternidad (2014) y el excelente libro de haikus La soledad encendida (2015), en coautoría con Heberto de Sysmo, en el que se diluye totalmente la autoría individual de cada poema.



Sus últimas obras, de nuevo un libro de haikus, A la luz de la flor del almendro (2017), y la edición de una extensa obra de crítica literaria, el ensayo Polifonía de lo inmanente / Apuntes sobre poesía española contemporánea (2010-2017), vuelven a ser compartidas con otro autor, el portugués Carlos Castilho Pais y José Antonio Olmedo, respectivamente.



Que esos libros sean compartidos con otro autor como tanta obra anterior, y que A la luz de la flor del almendro se edite en Portugal y en edición bilingüe muestra esa disolución del yo (y de otros límites) que sería el principal sentido latente que mi lectura cree ver en la propia estructura de este Estado de acedía que ahora tiene el lector en sus manos.



En el panorama actual de la joven poesía valenciana, tan variado y confuso, ha puesto claridad Sergio Arlandis, crítico literario y también poeta, que en Cartografías de Orfeo (2014), antología dedicada a su misma generación, señala como una de las tendencias visibles la de una «poesía de introspección emocional y contemplativa, con cierto afán metafísico en su trasfondo, con la renovadora mirada de la juventud que comienza a descubrir la auténtica ferocidad del tiempo y el descrédito de los valores establecidos desde la imposición de un orden moral que debe renovarse obligatoriamente». En esa línea incluye a Gregorio Muelas, y no puedo estar más de acuerdo. Dejando entre paréntesis sus poemarios dedicados al haiku, de intención y realización diferentes, ya en Aunque me borre el tiempo encontramos, en ese sentido, poemas reveladores como Canto: «...Habrá que no olvidar el pasado, / rehacer los caminos quebrados, / rescatar las voces de los enterrados / llorar por aquello que ellos lloraron / y entonar por primera vez el canto». Renovación moral de un tiempo, a la vez, destructor y deudor del pasado. Como dice de él Carlos Alcorta al reseñar Un fragmento de eternidad, «la constatación del paso inexorable del tiempo y de las heridas que ese transcurso va dejando en la piel de la conciencia, es el gran leitmotiv de la escritura de Muelas».



En esa línea se inscribe este nuevo poemario en el que su autor nos ofrece un corpus dividido en tres partes formalmente muy distintas aunque en ellas seguimos encontrando la misma claridad en la dicción que en su obra anterior: una primera (Tiempo imperfecto), la más extensa, con poemas de versificación imparisílaba; otra, casi central, (Postrimerías) compuesta solamente por tres sonetos blancos más un dístico; y una tercera (Nostalghia), dedicada al filme de Tarkovski del mismo título, en la que se suceden quince brevísimos poemas, casi fotogramas, que adoptan la estructura de los haikus. Un breve poema (Epílogo), cierra significativamente este Estado de acedía, este 'tiempo de agrura', o de acritud, de acrimonia, de injusticia subrayada una y otra vez en sus poemas.



En esa diversidad de registros señalada, la coherencia nace de la mirada y del interior de Gregorio Muelas como una necesidad. La coherencia, pero también la continuidad: si en Refutación a Adorno, un poema de Un fragmento de eternidad, nos decía su autor que «después de Auschwitz / se escribe poesía / como un acto de civilización / contra la sumisión y la barbarie...», ahora, mediante la cita de Dionisio Cañas con la que se abre Tiempo imperfecto, nos recuerda que «la belleza se halla en cualquier sitio, hasta en la basura». No parece casual que haya elegido a Dionisio Cañas para abrir con esas palabras las suyas propias. La noche de Europa, última obra de Dionisio, aborda la tragedia de los refugiados en la isla de Lesbos.



En El sueño de Ítaca, un poema de esa misma parte del libro, Gregorio fijará su mirada sobre la misma tragedia pero en otro lugar del Mediterráneo, Lampedusa. ¿Poesía social pues? Sí, diríamos, incluso en el sentido tradicional si se quiere. En el largo hilo de la disidencia —desde la poesía dialéctica del grupo leonés Claraboya o del humanismo antifascista de Otero, Celaya y Nora hasta el vanguardismo crítico de Enrique Falcón o la estética materialista de Jorge Riechmann (en términos subrayados que tomo de César de Vicente), pasando, claro está, por la mirada comprometida de los poetas de los años 50 del pasado siglo—, la crisis del poema se ha ido centrando en un 'yo' poético constantemente desarticulado y rehecho, una y otra vez, en conflicto con la realidad y con el lenguaje.



Poesía social otra vez, sí, pero desde el único lugar desde donde hoy parece posible formularla: desde la disolución de los límites impuestos por el hombre; desde la anulación de los dogmas y de las fronteras; desde la reivindicación de la igualdad de los seres humanos; incluso desde la propia abolición del 'yo' que mira y observa y juzga y emite su palabra. Abolición que se anuncia en la obra de Muelas precisamente ahora, en el paso de un libro al otro. En el penúltimo poema de Un fragmento de eternidad, se nos decía todavía en primera persona: «Inútilmente miro al cielo /.../ Inútilmente miro», para cerrar después ese libro con otro poema definitivo, La nada: «Adentrarse en la nada: / desierto de ceniza /.../ muralla de tinieblas / que ciega la mirada». Ahora, sin embargo, desde el primer verso de este Tiempo de acedía, un 'alguien' neutro —no aquel 'yo' anterior—, nos habla para decirle al lector: «Mira la niebla», «Este es un tiempo de cenizas» o «No es el momento de pararse / a contemplar estrellas...». Ya sólo asomará en un único poema ese 'yo' que se resiste a desaparecer («Me inclino para ver qué estás leyendo») para ceder definitivamente su lugar a un 'nosotros', plural y solidario: «todos los meses / nos asedian mesnadas de facturas». Sin embargo,más tarde parecerá que nos vuelve a asaltar en otro poema («Amo a la Madre Rusia /.../ soy un escritor furtivo») pero esa voz que habla en primera persona no será ya la del 'yo' poético que ha desaparecido, sino la de Alexander Solzhenitsyn, personaje del poema. Y lo mismo sucederá después en Epitafio veneciano cuando la voz de Joseph Brodsky hable de «mis grises pupilas» y de la «doble belleza de un paisaje / capaz de prescindir de mí».



Esta nueva obra de Gregorio Muelas borra límites en todos los sentidos. En el de la tradición poética, al no romper con el pasado y asumir registros diferentes, en lo formal como ya he dicho, pero también en la fusión de los contenidos. Así, encontramos a Antonio Machado (evocado en el título de Caminos sobre la mar) para negar las fronteras marinas y territoriales; volvemos a la herencia cultural griega (El sueño de Ítaca) para mostrarnos la tragedia de la inmigración; y el lector avisado notará la presencia tácita de Anna Ajmátova (Casas de Fontanka), que fue testigo del asedio alemán desde la ventana de su residencia en una de esas casas junto al canal del Nevá en Leningrado.



En estos años (2017 y 2018) de revisión y edición de este libro, que recuerdan dos grandes utopías parcialmente fracasadas (centenario de la Revolución Rusa y cincuentenario de mayo del 68), sus poemas funden tiempo y espacio. Así sucede en el poema La primavera, aquella 'primavera de mayo del 68' con la que ya poco tiene que ver el desencanto presente: «Y empiezo a recordar viejas paremias / sobre el poder de la imaginación». Más arriesgado formalmente es el fundido casi cinematográfico que en el poema Stalingrado une la crisis económica actual con el protagonismo alemán de entonces y de ahora. Ese casi fundido de dos planos en montaje paralelo se ve reforzado con otras técnicas que Gregorio Muelas traslada del celuloide al papel (como en la ya comentada sucesión de fotogramas de Nostalghia), o en los títulos de los sonetos de Postrimerías, la segunda parte del libro, que tanto recuerdan a filmes significativos: Dies irae, de Dreyer, o La gran comilona, de Ferreri.



Estas Postrimerías —tan ajenas a las recogidas por el catecismo cristiano: muerte, juicio, infierno o gloria— no son las etapas finales de la vida aunque a ellas haga referencia la cita que las introduce, tomada del Eclesiastés, uno de los libros sapienciales de la Biblia, sino las pasiones que llevan al exceso y al dominio de los poderosos sobre los vencidos. De nuevo nos ofrece aquí Gregorio Muelas otra disolución para borrar la distancia que las religiones han establecido entre su moral, al servicio del poder, y la ética.



Otras consideraciones (sobre ética y estética, ya que acabamos de nombrar la primera, por ejemplo) nos llevarían mucho más allá de lo que la limitación de estas palabras iniciales aconsejan. No quiero, a pesar de eso, dejar de señalar otro de esos aspectos que señalan en este libro esa voluntad transversal que, al disolver límites, clasificaciones y fronteras, lo vertebran: en Fragmento de una carta de Alexander Solzhenitsyn a Heinrich Böll se pone en cuarentena el propio concepto de patria y la soledad del exiliado ruso «al que tan sólo leen en inglés / un centenar de críticos y periodistas». En Epitafio veneciano se da un paso más al darse en su protagonista, el poeta ruso Joseph Brodsky a quien se dedica el poema, la disolución más intensa de las posibles al cambiar de patria, de idioma y de lugar de descanso definitivo, en la iglesia de San Michele de Venecia. Y es en Italia precisamente donde sucede el último de estos destierros personales, con el que se cierra el libro: el del cineasta Andrei Tarkovski, también ruso, lleno de tristeza y melancolía al tener que abandonar su patria. El círculo se cierra con este emocionado homenaje de Gregorio Muelas quien, en Epílogo, un breve poema final nos dirá: «...Qué vértigo mirar / al fondo de uno mismo».



Porque de eso se trata: de verse en los demás, en el abismo de los otros. Y al lector se ofrecen estas palabras para que en ellas se observe. Vuelvo a Dionisio Cañas para decir con él que «el poeta es sencillamente el primer lector de su texto y que, por lo tanto, es la figura del lector quien protagoniza el milagro de la poesía».



Y aquí me quedo, lector in umbra, lector en la sombra, ante la luz de estos poemas que Gregorio Muelas nos ofrece.





Blas Muñoz Pizarro






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