martes, 23 de febrero de 2016

El lento abandono de la luz en la sombra. José Luis García Herrera

 
 



El lento abandono de la luz en la sombra
 
José Luis García Herrera
 
Editorial Denes, Paiporta, 2014
 
 
 
El poeta barcelonés José Luis García Herrera posee ya una dilatada carrera literaria que se remonta a 1990 con Lágrimas de rojo niebla y que abarca hasta nuestros días con el poemario que nos ocupa, El lento abandono de la luz en la sombra, que ha merecido el Premio Germán Gaudisa de Poesía Discursiva, en los XXIII Premios Otoño-Villa de Chiva 2013. Por el camino García Herrera ha cosechado múltiples premios, algunos de tanto prestigio como el Premio Villa de Benasque por Los caballos de la mar no tienen alas (Devenir, 2000), el Premio Blas de Otero 2004 por Mar de Praga (Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 2005), el Premio Mariano Roldán 2006 por La huella escrita, o el Premio Ateneo Guipuzcoano de Poesía Erótico-amorosa por El recinto del fuego (Huerga y Fierro Editores, 2008). Por tanto nos encontramos con un autor con una voz propia y contrastada, que desde 2008 escribe también en catalán, su carácter versátil atesora una calidad literaria que este poemario viene a refrendar de forma fehaciente.
La Editorial Denes lo publica con primor en el número 109 de su magnífica colección Calabria, que dirige el poeta Vicent Berenguer. El libro se abre con un prólogo de Blas Muñoz Pizarro, que el poeta valenciano titula “Collage de versos para un hombre sin su sombra”, donde entrelaza su discurso con los versos del autor para invitar al lector a sumergirse en sus luces y sombras.
El poemario se estructura en tres partes con títulos muy sugerentes, así en la primera parte, “Amanecen en ayer los días que nos llevan”, el mismo título sintetiza el sentimiento de nostalgia que domina en estos versos, un sentimiento que se manifiesta en el símbolo del agua, que unas veces aparece en forma de lluvia (Llueve. Llueve con furia y con rabia), y otras como aguanieve o barro; mar o charco, el agua, siempre fría, conecta con el pasado del poeta. En “Noviembre” prevalece la tristeza, que se acentúa con el paisaje otoñal marcado por las brumas. El tiempo y la memoria también adquieren un peso superior en estos versos pues también aparecen cargados de nostalgia, así la infancia (rostros de niño/ que siempre serán niños tras mis ojos) le devuelve la antigua risa de un tiempo lejano que se resiste al olvido en el juego de la vida.
Un único poema, el más extenso del libro, compone la segunda parte, titulada “A corazón abierto bajo la noche cerrada”, la cita de Luis García Montero nos sitúa a medio camino entre la realidad y el sueño, un punto desde donde el autor erige su poética como testimonio de su paso por la vida, aquí el poeta abre su corazón en un alarde de belleza: El frío del pasado quema mis manos/ y el silencio construye su templo entre mis labios. Entre el silencio y lo dicho importa más el verso callado porque en su esencia reside la enseñanza de la melancolía.
En la tercera y última parte, “Catálogo incompleto de hombres sin su sombra”, García Herrera rinde homenaje a la memoria de Juan Ramón Jiménez en “Nocturno”, con tintes modernistas, a Vicente Núñez en “Acaso en Poley”, donde el ocaso le recuerda sus palabras, y a Carlos de Arce en el bellísimo poema final “La inmortalidad”, donde apela a la memoria transgresora. Otros nombres desfilan por sus páginas, Octavio Paz, Emilio Prados, Blas de Otero, cuyas citas desencadenan los poemas, donde la introspección, la melancolía, la fe y la duda discurren con emoción y vehemencia.
Escribir para no morir (“Sobre el páramo agreste”), ese es el oficio de José Luis García Herrera. En definitiva, su poesía es un ferviente ejercicio de supervivencia ante la inminente amenaza de la nada, sólo la escritura es capaz de cruzar la estepa blanca en este reino de mentiras.
 



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