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domingo, 15 de noviembre de 2020

The Waste Land. T.S. Eliot

 


The Waste Land / La tierra baldía

T.S. Eliot

Olé Libros, 2020


The Waste Land / La tierra baldía es una de las piezas capitales de la poesía en lengua inglesa del pasado siglo XX, decir esto es una obviedad si recordamos que su autor es el poeta y dramaturgo inglés nacido en Saint Louis, Missouri, Thomas Stearns Eliot, que acostumbraba a firmar sus obras abreviando su nombre y su primer apellido. Por tanto no es el objetivo de este artículo reseñar por entero el clásico del Premio Nobel de Literatura de 1948, sino destacar las excelencias de esta nueva edición a cargo de Olé Libros. El grupo editorial que dirige con encomiable brío Toni Alcolea desde Valencia, se ha convertido en unos años en uno de los sellos independientes con mayor proyección a nivel nacional. Prueba de ello es la nueva edición de esta cumbre lírica, una maravillosa audacia en estos tiempos de incertidumbre económica y social, y lo hace con un gusto exquisito, sin escatimar en material y diseño, en una edición de lujo que hará las delicias de los lectores fieles a este género.

En primer lugar el volumen se presenta con una nueva traducción, realizada ex profeso por Sanz Irles, el escritor valenciano realiza una lectura atenta a la sonoridad del original inglés y acierta al trasladarla a nuestra lengua, yendo un paso más allá, también en la forma, al respetar escrupulosamente su disposición sobre la página. Gracias a esta ingente labor, Sanz Irles ha conseguido permanecer fiel al espíritu de Eliot, he aquí, pues, una traducción en estado puro, lejos de aquellas versiones donde el traductor se suele imponer al autor, en la línea del célebre aserto traduttore, traditore.

Pero hay más, la edición se presenta con otros alicientes, el extenso prólogo de Ernesto Hernández Busto, que con el epígrafe "Un río subterráneo" supone un verdadero estudio preliminar sobre el sentido y significado de la obra maestra de Eliot, con permiso de esa otra cima titulada Cuatro cuartetos; y el bellísimo epílogo de José Antonio Montano, titulado "La crueldad de abril", sobre el impacto de los versos y la fortuna de las traducciones más notables de la obra, desde la primera, realizada por José María Valverde, hasta esta última, que Montano considera a todas luces la mejor.



El contenido se completa con una Nota del traductor, cuyo rótulo, "Un formidable artefacto sonoro", expresa con precisión la motivación de Sanz Irles a la hora de abordar este reto; y las interesantísimas notas de T.S. Eliot a la obra, donde el autor expone las múltiples influencias literarias que jalonan sus versos, desde Ovidio o Safo hasta Baudelaire o Verlaine, pasando por el Eclesiastés o los Upanishads.

Pero no acaban aquí los primores de esta edición, cabe destacar la calidad del papel empleado, de un grueso ahuesado, la tapa dura, con una textura especial, y el diseño sobrio y elegante de la sobrecubierta, a cargo de Kike Correcher. La delicadeza de los detalles también se traslada a su interior: texto original en color tierra y versos numerados, 434 en total, repartidos en las cinco secciones en que se divide el poemario, a saber: "El enterramiento de los muertos", "Una partida de ajedrez", "El sermón del fuego", "Muerte por agua" y "Lo que dijo el trueno".

Enhorabuena a Olé Libros por traernos de nuevo a este clásico imperecedero, que a buen seguro hará más fértil nuestras librerías y menos cruel el mes de abril.


Gregorio Muelas Bermúdez


jueves, 6 de febrero de 2020

El salto del salmón. Rosa Montolío Catalán

 
 


El salto del salmón
Rosa Montolío Catalán
Olé Libros, 2019
 
 
Olé Libros publica en su colección “Imaginal” el nuevo poemario de Rosa Montolío Catalán, El salto del salmón, en una bella edición con el collage homónimo de Mariona Brines, sobrina del gran poeta de Oliva-Elca, en portada. El grupo editorial que dirige Toni Alcolea viene desarrollando una intensa actividad en Valencia que le ha llevado a editar de forma exquisita a algunas de las más respetadas plumas levantinas, como Jaime Siles o Ricardo Bellveser, a apostar por voces nuevas o emergentes con voluntad de crecer.

Tras el éxito de su anterior trabajo lírico, Las pieles y su instinto (Lastura, 2018), obra finalista de los Premios de la Crítica Valenciana, la escritora turolense afincada en la ciudad del Turia redacta un prólogo donde señala la tesis del libro: «este poemario es la unión de la literatura con el arte». En efecto, Rosa Montolío elabora un verdadero collage con palabras donde ese salto del título, que actúa como metáfora, donde cada poema forma una parte del cuadro o todo, es un salto metafísico «hasta alcanzar la simbología de la muerte».

Una significativa cita de Chantal Maillard, «Observar es un acto de conciencia», abre un poemario estructurado en siete partes que marcan un hito en el proceso de creación: “Desde las profundidades cuando llegan los silencios”, “En las superficies donde emana la belleza con tonalidades de colores cálidos y fríos”, “(Movimientos) Si unas manos acariciaran cuerpos”, “Subiendo entre papeles recortados”, “Casi en el punto álgido, oyendo el sonido de la cuerda en la parada de los tiempos”, “Absorbiendo el arte con el aire”, “Por la pendiente perpetua deslizándonos sobre un alambre”, y “A través de las zonas vacías de forma rocosa y naturaleza moribunda”.

El poema breve, en ocasiones próximo al aforismo y con algún guiño al haiku, es la forma que Rosa Montolío escoge para relacionar sus versos con las citas que los inspiran, desde cineastas, como Woody Allen (“Manhattan”) y Stanley Kubrick (“Espejismo”), a pintores, como Juan Gris, Frida Kahlo, Georges Braque, Francis Picabia y Pablo Picasso, a quien dedica el poema “Collage”, donde sintetiza la esencia del libro:

«Pensamiento.
Cóctel de visualizaciones.
Expresión. Libre.»

Filósofos, músicos y poetas, sobre todo poetas, motivan las composiciones. Destacan aquellas donde celebra la amistad con poetas “valencianos”, maestros y compañeros de viaje hacia el Parnaso: José Luis Falcó, Mila Villanueva, María Barceló, Jaime Siles, María Teresa Espasa, Mar Busquets Mataix, Roger Swanzy, Isabel Alamar, José Saborit, Francisco Brines, Elena Torres, Rafael Soler, Juan Pablo Zapater, Rafael Correcher y Juan Luis Bedins. Especialmente emotivo es el poema “Roca”, que dedica a la desaparecida Marina Izquierdo, un homenaje donde «aparecen las heridas, asoladas».

En conclusión, Rosa Montolío Catalán nos ofrece sesenta poemas sensoriales, sensuales, entrecortados, un conjunto multidisciplinar, tan original en forma como en fondo, que subraya la capacidad de la autora para plantearse retos literarios y tratar de superarlos.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



jueves, 26 de septiembre de 2019

Cartas a Giselle. Manuel González Busto

 
 


Cartas a Giselle
Manuel González Busto
Olé Libros, 2019
 
 
Sátira y belleza
 
 
Resulta impagable el trabajo que el editor Toni Alcolea viene haciendo en Valencia desde hace unos años al frente de Olé Libros, dando voz a nuevos autores y voto a quien no lo tenía, y contribuyendo a diversificar el panorama lírico actual a través de sus variadas colecciones, no contento con esta encomiable labor, también lleva a cabo una frenética actividad como gestor cultural a través de la organización de conferencias, presentaciones y tertulias en los espacios más exclusivos de la ciudad.

La más reciente de las colecciones de Olé Libros lleva el elocuente rótulo “Selección del Editor”, que dice mucho de su exigencia y calidad, y comienza su andadura con la publicación del volumen Cartas a Giselle, firmado por el escritor cubano Manuel González Busto, en una cuidada edición, marca de la casa, con una ilustración de portada de José Martí Barrachina.

El libro, compuesto por sesenta y ocho poemas en prosa, divididos en dos apartados, las “Cartas a Giselle” que dan título al conjunto, y “Nuevas cartas a Giselle”, cuenta con un gran aliciente, el prólogo titulado “Cuando Ámsterdam es sueño y realidad La Habana”, redactado por el Ministro de Educación, Cultura y Deporte del Reino de España, don Íñigo Méndez de Vigo y Montojo, donde éste define la literatura del autor como “de la buena”, y no es para menos pues las cartas imaginarias que González Busto dirige desde la capital cubana a su musa en la capital holandesa están cargadas del resplandeciente lirismo de la isla antillana:

Giselle: casi nunca llueve. Parece que la lluvia olvidose de la ciudad, o tal vez, la ciudad, cansada, diose cuenta de que esperar es pretender la eternidad”.

Sesenta y ocho cartas cuyas palabras, pulidas como un diamante, evocan los pensamientos más profundos del autor, desde la fisiología a la política, esgrimiendo su pluma como un proyector sobre los más diversos temas donde las preguntas retóricas actúan como el motor que induce a la reflexión crítica sobre la cruda realidad de un país depauperizado por los intereses contradictorios de “La Señora del Dólar”.

Los títulos de las cartas son una verdadera exquisitez, veamos algunos: “Esa cadencia en la eternidad de los violines”, “Cuando la casa es un rumor de invierno”, “Cuando Alfonsina se aleja custodiada por delfines”, “Como si no emergiesen malvas en cada genuflexión” o “Heridas de luna que la desmemoria escribe”, versos hechos con hambre, indignación y no poco de nostalgia, donde la sátira se cubre de belleza para sortear los desmanes de la dictadura y la penuria que lleva aparejada:

Giselle: Hay moradores que quisieran crucificarte, como si el iris fuese una espada filosa y exacta.”.

Ecos modernistas conviven con la evocación de Borges, Virgilio Piñera y Lezama, versos y reversos en un poemario epistolar que alberga su mejor virtud en la forma, libre como la voluntad del autor, por donde la tristeza y la soledad encuentran su albergue de esperanza.

Nos hallamos, pues, ante un libro para paladear con todos los sentidos, rico en matices, que pone el acento en numerosos temas cotidianos que el autor tiene la virtud de elevar a la categoría literaria y lo hace con fina ironía y sabia elegancia, solo así, tal vez, es capaz de redimir la escasez de la mayoría para alcanzar la justicia poética y aspirar al mayor de los anhelos:

Ah, Giselle, no mueras nunca: la eternidad es Dios”.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez