domingo, 29 de marzo de 2020

Bajo azul que envuelve. José Chamorro

 
 


Bajo azul que envuelve
José Chamorro
El ojo de Poe, 2019
 
 
José Chamorro García (Linares, 1981) publica su nuevo poemario, Bajo azul que envuelve / Sotto il coinvolgente blu, en una bella edición bilingüe español-italiano a cargo de El ojo de Poe, editorial que ha cuidado hasta el más mínimo detalle, como el delicado sumi-e de Hinagata Cho que ilustra la cubierta y adopta el color del título, y que junto a la calidad del papel ahuesado hacen del conjunto un hermoso volumen que el autor dedica a su hijo Samuel.

José Chamorro demuestra en sus páginas una serena madurez creativa que es fruto de una meditación profunda, que ha ido fraguando en sus anteriores libros: Las Estaciones del Silencio (2012), Perfilar lo Indecible (2015) y Claves para saborear la Vida (2017), sugerentes títulos que desvelan una búsqueda interior que en el exterior encuentra lumbre.

El libro, íntegramente traducido al italiano por Giuseppe Augusto Rotolo, lingua mater que el autor admira, se abre con una significativa cita del gran poeta checo en lengua alemana Rainer María Rilke que señala la voluntad espiritual del autor jienense, algo que reafirma el breve prólogo que lo acompaña, firmado por Javier Melloni donde éste señala algunos de los grandes temas que impelen al poeta a tratar de descifrar sus inquietudes en versos envueltos bajo el azul del cielo, “el azul que no tiñe, / siempre cubre”, “Cian en todo, / envolvente”, que despierta la esperanza.

El poemario se divide en dos partes, con un mayor peso de la primera, que albergan las casi cien composiciones breves que lo componen y que en algunos casos, más por su fondo que por su forma, recuerdan a la estrofa japonesa conocida como tanka. Sorprende la curiosa distribución de los poemas sobre las páginas pues estos figuran en el margen inferior derecho en las impares, que corresponden al original en castellano, e izquierdo en las pares.

El verso libre es la forma idónea para fijar las reflexiones del autor sobre una gran variedad de temas, como la memoria y el olvido, el agua y la sed, la ausencia y la presencia, dicotomías que reflejan un horizonte humanamente confiscado, un horizonte donde “nunca es el final” y es que José Chamorro emplea la palabra como medio para liberarse, la palabra salvadora que alumbra y que sosiega al caminante errante.

Los elementos de la naturaleza serán los protagonistas de los versos, una naturaleza sagrada donde el poeta halla el sentido de las cosas cotidianas, que gracias a su sensibilidad logran trascender su inmanencia con un lenguaje sencillo que se intuye como probo efecto de una compleja introspección, como “el despertarse de la espera”.

Un centenar de pequeñas composiciones pero de gran aliento y hondo calado donde destaca su vertiente metafísica, veamos un ejemplo palmario:

El territorio de la nada
no tiene linde,
recorrida por caminos
que no dejan huella,
sólo silencio.

Es desierto
la imagen borrada,
ausencia sin memoria,
la sed que no se pierde,
vacío colmado de nada.

Versos que sugieren vibrantes imágenes de gran plasticidad, a veces fruto de fuertes contrastes, “oscuridad que arde”, donde también se pueden apreciar ligeros apuntes de crítica social, como esas cuentas escritas por ricos que siempre empiezan por “h” de hambre...

En conclusión, José Chamorro es un espectador privilegiado cuya mirada omnisciente se posa sobre la belleza que “al darse entrega” y nos ofrece su desnudez poética tratando de inspirar algo nuevo, desvelando múltiples matices, donde el silencio y el deseo no se excluyen pues “No hay oscuridad / que no cobije la luz”, ni azul que no aguarde nubes grises.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



sábado, 21 de marzo de 2020

Kairós. Alicia Párraga

 
 


Kairós
Alicia Párraga
Boria Ediciones, 2020
 
 
Boria Ediciones publica el número 23 de su colección de poesía, Kairós, la opera prima de Alicia Párraga (El Esparragal, Murcia, 1985), una poeta que a pesar de su juventud demuestra una madurez forjada en la sabia lectura de los clásicos.

El libro, impecablemente editado como es habitual en la editorial que dirige Luis Sánchez Martín, se presenta con una atractiva ilustración de cubierta realizada por Noelia Espín y un prólogo que con el título “En este mismo instante” firma María Marín, que acierta al señalar que la poeta erige su poemario sobre los instantes y recuerdos heridos, barnizados por “los dioses, los mitos y las ninfas de una Grecia antigua”.

Alicia Párraga nos presenta cuarenta y nueve composiciones repartidas en cuatro segmentos sin más título que la significativa cita que los introduce, de Ana Pérez Cañamares, poeta de referencia de la autora, Luis García Montero, Magdalena Sánchez Blesa y Francisca Aguirre.

Destacan los poemas dedicados a sus familiares: “Senderos de plata” a su madre, el entrañable “Costuras” a sus abuelas, “Templos” a su hermana y “Las flaquezas del héroe” a su padre. El verso libre es la forma elegida por la poeta murciana para trazar sus inquietudes, donde la intimidad de la memoria y la crítica social se engarzan con fortuna, como en el poema “Madrugadas húmedas”:

Hay despertares
en los que humedeces
la esperanza
que escondes bajo los párpados
con el rocío de la almohada.

En conclusión, Alicia Párraga, “aprendiz de Pigmalión”, nos entrega una poesía fresca que nos invita a innovar en el fondo gracias a un conocimiento profundo del mundo clásico, donde Dioniso, Edipo o Sófocles hacen malabares “en plena ola de calor”.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



miércoles, 18 de marzo de 2020

101 Crímenes de Valencia. Jaume el Barbut

 
 
 
 
101 Crímenes de Valencia
VV.AA.
Vinatea Editorial, 2019
 
 
Jaume el Barbut


    “Jaume el Barbut” le llamaban en su pueblo natal, Crevillente, o “Jaume el de la serra” los habitantes de Elche y alrededores, pero él era Jaime José Cayetano Alfonso Juan, Sargento Mayor. Sus años de bandolero pertenecían a un pasado oscuro del cual se redimía persiguiendo y capturando a otros bandoleros y fugitivos. Además, él había sido un héroe de la guerra de guerrillas contra el invasor francés, combatiendo a las tropas del general Soult en emboscadas que dificultaban la logística del ejército de Bonaparte en el suroeste de Alicante y Murcia. Paladín más tarde de la causa realista en los convulsos años del gobierno liberal, “el Deseado”(*) lo había indultado, por tanto, tenía motivos suficientes para sentirse orgulloso de la culminación de una carrera de la que hubiera debido esperar un fin más bien trágico.

    Aquel día de primavera de 1824 nada hacía presagiar que sería totalmente aciago. Un cielo libre de nubes le había saludado aquella mañana en la que había sido convocado a la cárcel de Murcia, cuyo consistorio le había nombrado sargento un año antes. Como en otras ocasiones, se había vestido con sus mejores galas para recibir órdenes, una rutina que formaba parte de su cargo y que asumía con absoluta displicencia. Durante el trayecto a la cárcel le fueron saludando varios transeúntes que admiraban su generosidad y nobleza pues conocían esa particular parte de su historia en la que había asaltado a los viajeros ricos para beneficiar a los más necesitados.

    Al llegar al umbral de la entrada del recinto penitenciario le embargó un presagio, una amarga sensación que creía haber olvidado y que le devolvió por un instante a los recónditos caminos pedregosos donde anduvo tanto tiempo y donde la muerte parecía esperar en cualquier recodo. No obstante, convencido de lo irracional de tal presagio, decidió atravesar la puerta principal con su habitual resolución para cumplir con sus obligaciones. Ya en el interior, esa sensación, que creía momentánea, se fue acrecentando a cada paso que daba hacia el despacho del Alcaide, quien con semblante adusto y flanqueado por varios guardas, le esperaba de pie detrás de la robusta mesa de roble. Tras ingresar en la estancia, uno de los guardas procedió rápidamente a cerrar la puerta al tiempo que otros dos se abalanzaban sobre él para agarrarlo firmemente por los brazos:

- ¡Quieto, queda usted detenido por orden del rey! – pronunció el Alcaide en alto.
La estupefacción cubrió el rostro de Jaume, que azorado apenas alcanzó a pronunciar:
- Pero… ¿cómo? ¿por qué?
- Está usted acusado de robo y asesinato, al fin deberá pagar por sus crímenes y excesos – respondió el Alcaide.
- Pero si fui eximido por el rey, debe tratarse de un error... - exhaló mientras trataba de forcejear con quienes lo retenían.
- ¡No se hable más!, llévenlo inmediatamente a una celda donde permanecerá encerrado hasta el día de su ajusticiamiento.

    Las gotas de lluvia le resbalaban por el rostro, ese día, 5 de julio, la mañana se presentaba ventosa, desapacible, plomiza, en la céntrica plaza de Santo Domingo. Frente al cadalso se había reunido una pequeña multitud que le contemplaba con una extraña mezcla de curiosidad, resentimiento y tristeza. Entre las tupidas nubes y él oscilaba la soga de la horca, gruesa, amenazadora, cuya firmeza revisaba el juez junto a aquel al que debía ordenar accionar la palanca que separaría los pies del condenado de la tarima de madera que sostenía su cuerpo. Tras semanas de confinamiento en una apestosa celda, finalmente Jaume abandonaría este mundo con la sospecha de la traición por parte de aquellos que, en secreto, lo habían auspiciado.

    Atado de pies y manos por la Justicia, aquella por la que creía haber luchado, empezó a recordar sus años fuera de la ley, allá en la sierra. Pero su primer pensamiento sería también el último pues sin saber por qué empezó a rememorar uno de los episodios más truculentos, donde tras un desesperado intento de huida un miembro de su antigua cuadrilla acabó con la vida de un miliciano del rey.

    Mientras retrocedía rápidamente en el tiempo, Jaume no podía dejar de inquietarse por la naturaleza de un recuerdo que parecía comprometer su pasado. Son las trampas de la memoria, acabó pensando.

    Fue antes de la invasión de Napoleón, Jaume se encontraba con Miquel, uno de los miembros más destacados de su cuadrilla y que se había ganado fama de hosco e impetuoso, cuando llegó a la aldea un destacamento de la milicia. Hacia dos días que permanecían ocultos pues desde el gobierno de la provincia se había dado orden de busca y captura de cualquier integrante de la banda que continuamente alteraba el comercio en la región. Por fortuna, algunos lugareños, los desfavorecidos, se habían aliado con la causa de Jaume dándole pan y cobijo. Pero ese día el destacamento era mayor y en lugar de interrogar a los aldeanos, decidieron registrar directamente las casas, una por una. Escondidos en una estrecha cuadra de una finca de las afueras, los dos fugitivos oían el trasiego de botas que iban y venían por toda la población. A Jaume le resultaba cada vez más difícil contener a Miquel pues los nervios de este se iban desbordando conforme se aproximaban las voces de los milicianos.

    Poco después alcanzaron a escuchar las palabras del jefe del destacamento, que avisó con colgar a todo aquel que osara proteger a alguno de aquellos bandidos que durante meses habían puesto en jaque el tránsito de mercaderías, este bando alarmó tanto a Miquel que, sin mediar palabra con Jaume, decidió emprender la huida por su propia cuenta y riesgo. Jaume, un tanto sorprendido, solo pudo ser testigo mudo de los hechos que se desencadenaron a continuación.

    Temiendo ser acorralado, Miquel, trabuco en mano, había emprendido la escapada hacia un muro próximo, cuando a mitad camino fue descubierto por dos hombres de avanzadilla, quienes de inmediato le instaron a detenerse, la reacción de Miquel fue instantánea pues de un disparo acertó en el pecho a uno de los milicianos, que quedó tendido en tierra mientras su compañero trataba de ponerse a cubierto. El trabucazo atrajo de inmediato al resto del destacamento, que desplegándose en círculo trataron de cercar al fugitivo, que jadeaba detrás del muro de adobe de un huerto.

    Jaume contemplaba la escena que entendía como un sacrificio involuntario por parte de Miquel pues el incidente concentró la atención de los milicianos en el punto donde aquel se debatía desesperadamente entre la vida y la muerte. Jaume no tardó en aprovechar la ocasión para escapar de aquel lugar, mientras Miquel, resignado, inerme, comprendió que ya no disponía de ninguna posibilidad, y al intentar correr hacia unos riscos fue brutalmente acribillado por una docena de fusiles que salpicaron de rojo los arbustos cercanos.

    El silencio que siguió convenció a un Jaume sin aliento de que finalmente había conseguido ponerse a salvo. Pero en ese preciso instante sintió una repentina caída al tiempo que un tirón desgarrador en el cuello. Su vista se borró para siempre mientras su cuerpo se balanceaba inerte en el vacío. (**)


(*) Fernando VII
(**) Tras su ejecución y con el fin de aleccionar a quien tuviera la tentación de seguir sus pasos, fue descuartizado y sus miembros, fritos para evitar que se descompusieran, se exhibieron para escarmiento público, su cabeza en Crevillente, y sus extremidades en Hellín, Sax, Fortuna, Jumilla y Abanilla.


Gregorio Muelas Bermúdez


miércoles, 26 de febrero de 2020

La hilandera de los canales. Mª Carmen López Olivares

 
 


La hilandera de los canales
Mª Carmen López Olivares
Olé Libros, 2019
 
 
Publicada por Olé Libros en su colección “Cum Sideres”, y actualmente Nominada en la categoría de “Mejor cubierta” en la X edición de los Premios de Literatura Histórica del prestigioso portal HISLIBRIS, obra de la propia autora, La hilandera de los canales es la primera incursión de la pintora Mª Carmen Lopez Olivares (Navas de San Juan, Jaén, 1961) en el terreno de la novela.

En ella nos narra treinta y dos fragmentos, como el número de capítulos que la integran, de la vida de una joven hilandera oriunda de China, de tan solo diecinueve años de edad en el presente del relato, que responde al nombre de Ciolán, y que después de ser liberada de la esclavitud por su amo, un rico comerciante del que la protagonista dice: “Él ha sido mi padre y ángel de la guarda”, por salvarla de un destino cruel, recala en la próspera Amsterdam de principios del siglo XVII, después de una traumática escala en Batavia, donde será forzada por los marineros del despiadado comerciante señor Cohen.
En la capital holandesa conocerá a diversos personajes que marcarán definitivamente su existencia, el más importante, sin duda, será Joos, un pintor diez años mayor que ella del que se enamorará y con el que vivirá una sensual y tierna historia de amor y admiración mutua; la señorita Lievens, Cati, una libertina dama de la alta sociedad con la que se asociará; y Agnes, la prima de esta, que le permitirán viajar por distintas ciudades de Italia: Florencia, Bolonia, Padua y Venecia, de la que dirá: “La virtud y el pecado se pasean de la mano por encima y por debajo de los puentes, sobre las aguas y entre el adoquinado de las calles”. Un viaje iniciático donde Ciolán experimentará su particular “Síndrome de Stendhal” y que influirá notablemente en su devenir, hasta regresar definitivamente a Amsterdam para engendrar a su hijo o hija y fundar la casa de acogida “La pequeña Ciolán” junto a su amor, Joos.

Por el camino asistimos al proceso de enamoramiento de los protagonistas, como Joos encuentra a “la muchacha más bella que mis ojos habían contemplado jamás”, las mariposas en el estómago de la joven sobre la tarima de sándalo, los escarceos y excesos de Cati y Agnes, y la escandalosa vida de Vittorio en su villa, la casa maldita. Todo se enmarca dentro de una larga carta que la propia Ciolán escribe para el hijo que lleva en su vientre, a dos meses para que llegue al mundo. He aquí un relato epistolar en forma de diario en el que se insertan los pensamientos y cartas de Joos y diversas reflexiones sobre el significado del arte y la emoción que este genera.

En cuanto al estilo, destaca la delicadeza del texto por el virtuosismo y preciosismo de una autora que conoce con detalle los tipos y usos de las telas, así como las técnicas pictóricas. Otro aspecto a destacar es la inocencia y sensualidad de la prosa empleada para describir las escenas de contenido erótico que jalonan la narración, así el encuentro carnal de los amantes se hace con sumo respeto al otro, como el juego de seducción que realmente es, en contraste con otras escenas donde la provocación se erige en artefacto contra la hipocresía social de la época, es el caso de la fiesta organizada por la señorita Lievens, contrapunto y complemento necesario de Ciolán.

Otra de las virtudes es la ambientación, la forma con que la autora logra contextualizar el momento histórico en el que suceden los hechos pues lo hace con elegancia y precisión y sin necesidad de recurrir al contexto político o religioso pues en ningún instante se citan confesiones o entidades políticas, a Mª Carmen le basta con la descripción precisa de los enseres, atuendos y medios de transporte: barcos, carruajes y barcazas, y la inserción de ciertos artistas conocidos y activos en aquella época, así en su periplo italiano se nos contará una parte de la vida de Miguel Ángel y el encuentro con Galileo y su telescopio. También aparecerán otros personajes ilustres como el filósofo y matemático Descartes e incluso Lope de Vega.

En conclusión, en La hilandera de los canales la escritora afincada en Castellón nos ofrece una novela híbrida, histórica y romántica, cuya lectura no dejará indiferente a nadie.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



domingo, 23 de febrero de 2020

Mapa físico. Jorge Ortiz Robla

 
 


Mapa físico
Jorge Ortiz Robla
Olé Libros, 2019
 
 
Merecedor del I Certamen Nacional de Poesía "Pintor José Lapasió", organizado por la asociación cultural Concilyarte y el artista que da nombre al premio, Mapa físico es el mapa de los afectos de Jorge Ortiz Robla, donde el prolífico poeta canario afincado en Catarroja, Valencia, realiza un viaje sentimental al pasado, recreando ciertos episodios de su infancia.

El volumen, bellamente editado por Olé Libros, grupo editorial que dirige Toni Alcolea y que en unos años se ha situado entre las editoriales punteras del panorama lírico actual, viene ilustrado, tanto en la cubierta como en el interior, con obra pictórica de José Lapasió Casamayor, artista que destaca por su particular estilo abstracto donde la fuerza de los colores y su combinación consigue reproducir la emoción de los versos en los que se basa, logrando una perfecta simbiosis que hace del libro un objeto de coleccionista.

Publicado en la magnífica colección "Imaginal" y dedicado a la memoria de sus abuelos,
Mapa físico, significativo título que alude a las plantillas escolares y que actúa como perfecta metáfora del paisaje y las personas con las que el autor tuvo un estrecho contacto en su infancia, cuenta a priori con un gran aliciente, el efectivo prólogo firmado por Ben Clark, y nunca mejor dicho pues el premio Loewe de 2017 estampa su rúbrica al final de su escrito para validar su opinión sobre un poemario donde, parafraseando el título de dicho prólogo: "La vida pasa, estable y sencilla".

El poemario se abre con cuatro significativas citas de poetas de referencia del autor: Juan Carlos Mestre, Julio Llamazares, Antonio Gamoneda y Ramón Campos Barreda, que marcan el latido de un libro que materializa el regreso al pasado del autor pues
«tan solo el presente nos concede el contenido».

Los poemas, treinta y cinco en total, se suceden sin división en partes, y señalan otros tantos momentos memorables de una existencia pausada, sosegada,
«la ciencia de la espera y la calma», que abre campo a la reflexión sobre el paso del tiempo y la inmutabilidad de los sentimientos y como es habitual en Jorge Ortiz, aderezado con una pizca de crítica social que reivindica otra forma de ver y conocer el mundo.

La vieja casa sita en la calle San Guillermo, 54, los veranos en Valderas, los panales de Aldearrubia la orilla del Cea o la calzada romana de Fuenfría tejen la luz del paisaje íntimo del poeta, “tierra de campos”, ese que se dibuja en su interior, en los recuerdos de una infancia de color “nata y fresa”, y lo hace de una forma sencilla, como la vida en aquellos años, que Jorge Ortiz recrea con serena nostalgia y que lejos de sentimentalismos apela a la conciencia del lector para recordarle que la vida pasa «como una columna trajana / hasta que se desmorona».

En su brevedad, libertad y efectismo resultan emotivas muchas composiciones, como la de despedida que dedica a su abuela Lucrecia o esa poética en miniatura que titula “Cornisas”:

«La poesía habita en las cornisas
oculta entre los filos,
posándose, como aves sin rostro,
hablándonos, contándonos
en el espacio que delimita
un robo al vacío.»

En conclusión, Mapa físico es el testimonio lírico de un autor que ama «las palabra más que las banderas» y que nos ofrece esta «madeja de recuerdos», un canto de celebración a las imágenes donde «el dolor precede a la gloria».
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



jueves, 6 de febrero de 2020

El salto del salmón. Rosa Montolío Catalán

 
 


El salto del salmón
Rosa Montolío Catalán
Olé Libros, 2019
 
 
Olé Libros publica en su colección “Imaginal” el nuevo poemario de Rosa Montolío Catalán, El salto del salmón, en una bella edición con el collage homónimo de Mariona Brines, sobrina del gran poeta de Oliva-Elca, en portada. El grupo editorial que dirige Toni Alcolea viene desarrollando una intensa actividad en Valencia que le ha llevado a editar de forma exquisita a algunas de las más respetadas plumas levantinas, como Jaime Siles o Ricardo Bellveser, a apostar por voces nuevas o emergentes con voluntad de crecer.

Tras el éxito de su anterior trabajo lírico, Las pieles y su instinto (Lastura, 2018), obra finalista de los Premios de la Crítica Valenciana, la escritora turolense afincada en la ciudad del Turia redacta un prólogo donde señala la tesis del libro: «este poemario es la unión de la literatura con el arte». En efecto, Rosa Montolío elabora un verdadero collage con palabras donde ese salto del título, que actúa como metáfora, donde cada poema forma una parte del cuadro o todo, es un salto metafísico «hasta alcanzar la simbología de la muerte».

Una significativa cita de Chantal Maillard, «Observar es un acto de conciencia», abre un poemario estructurado en siete partes que marcan un hito en el proceso de creación: “Desde las profundidades cuando llegan los silencios”, “En las superficies donde emana la belleza con tonalidades de colores cálidos y fríos”, “(Movimientos) Si unas manos acariciaran cuerpos”, “Subiendo entre papeles recortados”, “Casi en el punto álgido, oyendo el sonido de la cuerda en la parada de los tiempos”, “Absorbiendo el arte con el aire”, “Por la pendiente perpetua deslizándonos sobre un alambre”, y “A través de las zonas vacías de forma rocosa y naturaleza moribunda”.

El poema breve, en ocasiones próximo al aforismo y con algún guiño al haiku, es la forma que Rosa Montolío escoge para relacionar sus versos con las citas que los inspiran, desde cineastas, como Woody Allen (“Manhattan”) y Stanley Kubrick (“Espejismo”), a pintores, como Juan Gris, Frida Kahlo, Georges Braque, Francis Picabia y Pablo Picasso, a quien dedica el poema “Collage”, donde sintetiza la esencia del libro:

«Pensamiento.
Cóctel de visualizaciones.
Expresión. Libre.»

Filósofos, músicos y poetas, sobre todo poetas, motivan las composiciones. Destacan aquellas donde celebra la amistad con poetas “valencianos”, maestros y compañeros de viaje hacia el Parnaso: José Luis Falcó, Mila Villanueva, María Barceló, Jaime Siles, María Teresa Espasa, Mar Busquets Mataix, Roger Swanzy, Isabel Alamar, José Saborit, Francisco Brines, Elena Torres, Rafael Soler, Juan Pablo Zapater, Rafael Correcher y Juan Luis Bedins. Especialmente emotivo es el poema “Roca”, que dedica a la desaparecida Marina Izquierdo, un homenaje donde «aparecen las heridas, asoladas».

En conclusión, Rosa Montolío Catalán nos ofrece sesenta poemas sensoriales, sensuales, entrecortados, un conjunto multidisciplinar, tan original en forma como en fondo, que subraya la capacidad de la autora para plantearse retos literarios y tratar de superarlos.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez



domingo, 2 de febrero de 2020

Este nueve de enero. Francisco Caro

 
 


Este nueve de enero. Antología poética
Francisco Caro
Lastura, Ocaña, 2018
 
 
Con el objeto de celebrar el septuagésimo cumpleaños de Francisco Caro (1949), Lastura dedica el número 131 de su excelente colección “Alcalima” de poesía, que dirige con mano maestra la poeta Isabel Miguel, a la antología poética del historiador y poeta de Piedrabuena, Este nueve de enero, título que señala su fecha de aniversario, «una fecha que insta a la desobediencia», donde se agrupan ciento siete composiciones, extraídas de once de los doce poemarios que ha publicado hasta el momento, quedando fuera del recuento Lecciones de cosas (2008). Una bella edición, marca de la casa de Lidia López Miguel, que se ofrece como canto a la amistad y a la vida.

La selección, a cargo del grupo de amigos integrado por Davina Pazos, Francisco García Marquina, José Luis Morales, Manuel Cortijo Rodríguez, Pedro Antonio González Moreno y Rafael Soler, nos permite conocer el sentir lírico de un autor ampliamente reconocido con premios tan prestigiosos como el Premio de la Asociación de Escritores de Castilla La Mancha, el Juan Alcaide, el Premio Ciudad de Zaragoza, el Ateneo Jovellanos, el Ciudad de Alcalá, el Premio Nacional José Hierro, el Leonor y el Antonio González de Lama; poemas suyos también han sido galardonados con destacables premios, como Ángel Crespo, Francisco de Quevedo, Jorge Manrique, Villa de Iniesta, Andrés García Madrid, y Tomás Navarro Tomás.

El volumen se divide en once apartados con el título y año de publicación de cada poemario: “Salvo de ti” (2006), “Mientras la luz” (2007), “Las sílabas de noche” (2008), “Calygrafías” (2009), “Desnudo de pronombre” (2009), “Cuaderno de Boccaccio” (2010), “Paisaje (en tercera persona)” (2010), “Cuerpo, casa partida” (2014), “Plural de sed” (2015), “Locus poetarum” (2017) y “El oficio del hombre que respira” (2017); y en cada apartado se han seleccionado de ocho a diez poemas, lo que viene a dotar de equilibrio al conjunto.

De vocación temprana pero escritura tardía, la poesía de Francisco Caro adopta el ritmo imparisílabo, con predominio del heptasílabo y el endecasílabo, y aborda un amplio arco temático pues son muchos los puntos de interés del aedo manchego. El hecho de que el libro se inicie con un poema dedicado al cuerpo, “Como al norte”, cuyo contenido entronca con la ilustración de la cubierta: «como a las montañas blancas», «como el copo secreto» o «atmósfera nórdica», es harto significativo y este será precisamente uno de los temas capitales de su obra. Otro tema recurrente será el de la escritura, a la reflexión sobre el arte, y en especial sobre la creación lírica, dedicará muchas páginas, hasta el punto de solapar ambos, el cuerpo amado y el amor a la poesía, veamos un poema representativos, “Amarte”:

«Porque amar es un cuerpo
y otro cuerpo
-tan hondamente unidos
que no cabe ni el filo de un poema-
escribir de tu amor es algo inútil

lo sé de los poetas

amarte es aceptar el desafío.»

En la poética de Francisco Caro amar y escribir son verbos sinónimos, el poeta escribe y siente «las sílabas de noche» mientras escucha el tic tac inmarcesible del reloj. También el agua es un elemento a tener muy en cuenta en su obra, son numerosas las composiciones y las situaciones donde esta, dadora de vida, hace su aparición. Pero en sus versos también podemos rastrear algún atisbo de denuncia social y hasta un cierto toque culturalista, así los nombres de Keats, Hopper, Dylan Thomas o Boccaccio determinan el fondo de ciertos poemas.

En cuanto al lenguaje, Francisco Caro opta por una línea aparentemente clara y elegante, que lejos de ser fácil sí rehuye cualquier hermetismo y viene a señalar la voluntad del poeta de abrirse al otro, de compartir su experiencia para «arañar el vacío». Volver, a la infancia, a la casa, a los paisajes, a los objetos -como la máquina de coser Singer-, es su manera porque los versos «son ascuas y recuerdan”.

En conclusión, este regalo a ese «niño viejo» lo es también a la poesía con rigor y entusiasmo, que tiene en Francisco Caro a una de sus mejores plumas.
 
 
Gregorio Muelas Bermúdez